Documentos que nos hablen de las celebraciones del Centenario en Salamanca no los hay, o, al menos, no los he encontrado. Se de los festejos del otro Centenario, el de la consumación que se celebraron el 27 de septiembre de 1921, pero de lo acontecido el 16 de septiembre de 1910 todo se limitaa que, por decreto del Gobierno del Estado de Guanajuato, se instalóen cada uno de los kioscos que por cierto, como parte de los festejos fueron inaugurados, una placa como la que estas viendo en la foto. La pregunta es: ¿dónde quedó la placa que le correspondió a Salamanca?
De las fotografías que sobreviven tenemos esta donde aparecen las señoritas de sociedad, sería interesante saber quienes son, a que familias pertenecen. Vemos que el templo del Señor del Hospital estaba en construcción y que había un asta bandera precisamente al centro de las fotografiadas. Notamos que los árboles estaban muy jóvenes y que el kiosco y toda el área fueron profusamente decorados con faroles tricolores. Recordemos que uno de los grandes espectáculos que hubo en la ciudad de México fue la iluminación del Palacio Nacional y la Catedral, quizá aquí en Salamanca los faroles contenían alguna bombilla… o tal vez eran solo adornos que no contenían luz alguna.
Una segunda fotografía que sobrevive del mismo acontecimiento nos deja ver que al poniente sobresale la torre de la Parroquia Antigua, que hubo una gran banda de música debidamente uniformados, seguramente alguno de los Araujo los dirigió magistralmente. Hubo también una escolta formada por niños con sus uniformes tipo militar. Volvemos a ver a las señoritas pero, esta vez, son dos grupos, uno, seguramente de Señoras que van ataviadas con trajes de gala de color, cosa tradicional en la época que las Señoritas fueran de blanco y las Señoras de color. Vemos a un grupo de tres niñas, muy pequeñas con el lábaro patrio flanqueadas por dos niños. Vemos un verdadero festejo importante, único, como lo fueron las fiestas del Centenario en Salamanca, y vemos… vemos algo… de ese algo que he venido comentando desde hace tiempo.
Si observamos con atención y ubicamos al niño con el tambor, veremos que arriba de él hacia la derecha se encontraba la placa conmemorativa del Centenario, la que dice 16 de Septiembre 1810-1910. Con esto compruebo que, efectivamente aquí en Salamanca existió una de las placas que el gobierno del Estado mandó hacer con motivo del Centenario, por lo tanto la pregunta me asalta ahora, más que nunca: ¿en dónde está esa placa?
Esta es el Kiosco actualmente, es el mismo, el mismo que se levantó sobre aquella columna que se le nombraba “La Pirami”, el mismo Kiosco que estando don Porfirio Díaz como Presidente de la República mandó colocar hace cien años. Sería muy emblemático que en este Bicentenario Salamanca recobrara la placa que en su momento tuvo.
Meterme en el mundo del automovilismo es un tanto riesgoso para mi, pues desconozco mucho del tema, como quiera, no dejaré pasar esta oportunidad de compartir contigo un par de fotografías que me parecen excepcionales, una es de Salamanca y muy conocida por quienes gustamos de las cosas viejas, la otra es de Irapuato y guarda una serie de detalles que son en verdad piezas de colección así que vamos a verlas con calma.
Esta es la calle Tomasa Estévez, no se en que año de la década de los veintes habrá sido tomada. Reconocemos perfectamente la esquina, esa es la casa de don Pedro Arredondo. En la actualidad es donde se encuentra el Banco Banorte. En la esquina hay un almacén, luego se ve una peluquería, más adelante estaría la tienda de don Valentín Casillas “El Diamante”. Si observas con atención en la esquina se ubica una bomba de gasolina, cuando la marca era El Águila.
Ahora bien, esta fotografía la obtuve en una de las publicaciones que hay en el Archivo Histórico de Irapuato, me llamó enormemente la atención por dos cosas, una que en la esquina de lo que actualmente es la Presidencia Municipal se ve una bomba de gasolina, también de El Águila, se ve que es un Ford T,por lo que podemos deducir 1928 como año de la toma y arriba se ve claramente que va pasando un avión, ese si no me aventuraría a decir de que tipo es.
Indudablemente que el atractivo principal que existe en Salamanca es el Templo de San Agustín. Su construcción comenzó hacia 1613, fue casi un siglo el que se llevó terminar el templo, especialmente los ricos interiores con que cuenta y, si nos atrevemos a cruzar un poco más allá del Altar mayor y entramos a la Sacristía, seremos testigos de una pieza única, de hecho, una de las tres que existen en México: La mesa de la Sacristía.
(Latín: sacrastia) “Es un cuarto en el templo, o anexo a él, donde se guardan los ornamentos, los adornos litúrgicos, los vasos sagrados y otros artículos de valor, y donde se reúne el clero para revestirse antes de las diferentes ceremonias eclesiásticas. Corresponde al secretarium o diaconicum de antaño. Actualmente es práctica casi universal tener la sacristía directamente detrás del altar principal o a ambos lados del mismo. La sacristía debe estar provista de muebles y cajones, debidamente etiquetados, para los ornamentos correspondientes a los diferentes tiempos litúrgicos, en sus colores apropiados; un crucifijo o alguna imagen conveniente ante la que el clero debe hacer una reverencia antes de entrar al santuario o al regresar de él (Ritus celebrandi missam, II, i.); un lugar para que los oficiantes laven sus manos (op. cit. I, i); La sacristía no se bendice durante el rito de la consagración de los templos, y por tanto, no se considera como lugar sagrado en el sentido canónico de la palabra”. (1)
Así pues, dentro del orden que debe reinar en la Sacristía y el ornamento propio de este lugar, que es la máxima expresión del ultrabarroco, encontramos esta pieza que en si es una maravilla. Una representación escultórica, prácticamente, en donde, de primer impacto lo que vemos es el escudo agustino en tercera dimensión. Coronado con la mitra se nos presenta el corazón con su llama de amor infinito a Nuestro Señor.
“El corazón está posado en un birrete de cuatro picos y en el extremo superior está coronado con una mitra pontificia. El birrete a su vez descansa sobre una base en forma de cruz de Malta con cajoncillos en cada uno de sus cuatro extremos. El corazón es el elemento más notable del conjunto. Como se sabe, es el símbolo del agustinismo, y en este caso se utilizó para desarrollar un mensaje teológico que constituye uno de los puntos nodales en la exposición del programa del conjunto conventual.” (2)
En ese gran corazón sobresalen dos de sus ocho pinturas, en una de ellas se nos presenta el tetramorphon, que una antiquísima representación en la que Jesús está al centro rodeado de los cuatro Evangelistas, representados por sus símbolos de ángel, toro, águila y león. El rostro de Nuestro Señor se nos presenta en su advocación de la Santísima Trinidad en una excepcional manera con los tres rostros de la misma persona: Pater-Filvs-Spiritvs Santvs.
“A tetramorph is a symbolic arrangement of four differing elements. The term is derived from the Greek tetra, meaning four, and morph, shape. The most developed tetramorph in Christian symbolism is that of the four evangelists, or their symbolic creatures, the Four Living Creatures. "In Christian symbolism, the symbolic associations of the four Evangelists (as archers defending truth and the order of Christ -- the 'Centre') are: Matthew, the winged man; Mark, the lion; Luke, the ox; John, the eagle. This originated from the Biblical book of the Jewish prophet Ezekiel, who while in exile in Babylonia circa 580 BCE describes his vision in which the likeness of four living creatures came out of the midst of the fire thus: (3)
As for the likeness of their faces, they four had the face of a man, and the face of a lion, on the right side: and they four had the face of an ox on the left side; they four also had the face of an eagle. Ezekiel 1:10.
La segunda de las excepcionales pinturas que conforman este gran corazón es el Cordero Apocalíptico, el cual nos hace pensar muchas cosas, en lo personal los simbolismos que encierran los números me atraen mucho y aquí tenemos “El Cordero y los Siete Sellos y Trompetas. Se ven aquí muchos símbolos que hacen alusión a la liturgia cristiana primitiva, y para Prévost (Prévost, 2001: 28) es también una forma de definirse frente al judaísmo”… “Siete. Para los judíos, el número siete (en hebreo, Sheba) denota la perfección. Este número está presente en muchos libros del AT y del NT, siempre con el mismo significado.(p.ej. Ap 1:4, 12,16; 4:5 y los septenarios)” (4)
En las otras cuatro pinturas, realizadas, por cierto, en forma de corazón, dentro del propio corazón que conforma la Mesa de la Sacristía están las representaciones de los doce apósteles, la que vemos en el acercamiento fotográfico corresponde a Judas Tadeo y Matías. Su autor es desconocido.
“En la parte exterior del gran corazón, inmediatamente debajo de una franja ondulante que bordea el extremo inferior de las pinturas y las puertecillas cordeoides, hay otra inscripción incrustada que dice: “Bendicta sit Sancta trinitas atque indivisa unitas” (Bendita sea la santa trina e indivisa unidad). Con esta frase se reconfirma la convicción monoteísta del cristianismo.
Bajo el corazón se encuentra el ingenioso dispositivo compuesto por varios compartimentos o cajitas donde se guardan los paños sagrados. Las cajitas simulan lomos de libros sobre los que están escritos los nombres de los paños para mayor claridad clasificatoria. En cada ángulo de este conjunto hay una especie de palmeta de trece hojas o lóbulos. Estas palmetas tienen escrito alternativamente en latín y en español: Calix y Cáliz. Son cajoncillos con un botón en la parte baja, a manera de jaladora, para abrirlos”. (4)
Estaalegoría a los símbolos agustinos no forma parte de la Mesa de la Sacristía, es una de las tantas que forman parte de la pinacoteca que decoran las paredes de la Sacristía.
Así pues, cuando tengas la oportunidad de venir a Salamanca, date el tiempo suficiente para conocer esta maravilla del ultrabarroco y ojala coincidas con las pocas horas que la Sacristía está abierta al público.
Fuentes:
1.- Enciclopedia Católica. Robert Appleton Company. New York, 1999.
Hace poco se celebró una vez más, como la tradición marca por más de trescientos años, las celebraciones del Jueves de Corpus y su Octava, la cual cobra un especial carácter en Salamanca, la ciudad que José Rojas Garcidueñas ha calificado atinadamente, como una ciudad criolla, y eso lo comprobamos durante la semana de festejos que formaron parte de ella.
Hay quien la denomina “los Gremios” título que cabe y a la vez no, pues no deja de ser una festividad religiosa que tiene un fin, recordar, especialmente, exaltar a Jesús Ecucaristía, aquí y en muchos otros lugares son los distintos gremios los que agradecen los favores recibidos a lo largo del año y como ofrenda llevan las velas que a lo largo del año serán usadas en el templo, aquí se le denomina “la entrada de la cera” y, como fue la cerería una actividad próspera en Salamanca, se mantiene el arte que va más allá de presentar una vela sencilla, por lo tanto, la entada de la cera, se vuelve un auténtico espectáculo que ha podido sobrevivir a lo largo de ya tres siglos.
En el México novohispano el Jueves de Corpus era una de las festividades más grandes que había, especialmente en la ciudad de México, era el día “galano” el día en que todos estrenaban ropa, en que todos mostraban sus mejores atavíos y que cientos de personas participaban en la procesión que iba más allá de lo imaginable. Los gremios de la ciudad, con el ancestral antecedente azteca de los Calpullis, hacían derroche de ornamentos, esta tradición se fue llevando a muchas de las poblaciones cercanas y no de la ciudad, en algunas de ellas se arraigaron, tal fue el caso de Salamanca.
“Conforme transcurría el tiempo, la “Procesión del Corpus” era más solemne. Se mandaba alfombrar con flores las calles que recorría la procesión. Grandes lonas cruzaban las casas y se levantaban arcos florales. En los balcones, las damas lucían hermosos mantones y mantillas, teniendo a sus lados tibores o algún otro sugestivo adorno.
Salía el Santísimo Sacramento de Catedral por la puerta de la calle del Empedradillo, continuaba por las calles de Tacaba, Santa Clara, San Andrés; daba vuelta por el Hospital de Terceros para seguir por San Francisco, La Profesa y Plateros.
El arzobispo reverentemente llevaba el Santísimo Sacramento; tras el Palio, era seguido por el virrey, la audiencia, los regidores, la nobleza y representantes de las parroquias con su cruz, insignias y estandartes.
Frente al Ayuntamiento, se detenía la procesión para escuchar el Auto Sacramento del Oidor. Terminado este acto, se dirigía a la Catedral haciendo su entrada por la puerta central.
Esta ceremonia duraba hasta el medio día y por la tarde continuaban los festejos populares con corridas de toros, maromas, cañas y danzas indígenas.
En el año de 1662, durante la celebración del Corpus el virrey Marques de Leyva y Labrada, dispuso que la procesión pasara frente a Palacio para que la presenciara la virreina por encontrarse enferma, la que lo presenció acompañada de damas de la nobleza.
El Cabildo se vio obligado a obedecer pero mandó protestas a la Corte, quien lo desautorizó y multó al virrey”. (1)
Con esto nos damos cuenta de cual era la importancia que revestía esta ceremonia. Fue tal vez instituida en la región del Bajío por el primer Obispo de Michoacán, don Vasco de Quiroga, eso lo creo, debido a que en la zona de Pátzcuaro, la fiesta tiene una gran importancia y gira en torno a los gremios de artesanos que abundan en ese lugar.
Para darnos una idea del mestizaje, del sincretismo que esta festividad encierra, veamos lo que un turista en 1850 presenció: “Pero contemplemos ahora este mismo festival en una de las grandes poblaciones indígenas de la meseta o de las montañas.”
En los cuatro costados de la plaza frontera al templo acondicionan un camino verde con arbolillos y ramas, un emparrad estrechamente entretejido en la parte alta y a los lados, profusamente decorado con coronas de flores. En las cuatro esquinas de la plaza se levantan altares floridos donde se cantan responsos; el piso está cubierto también con flores y por todos lados se ven cuentos de barro en los que arden copal y estoraque. Algo singular, una reliquia del pasado que los sacerdotes cristianos han dejado continuar para solaz de los aborígenes, es el sacrificio de animales que los indios ofrecen a la divinidad, como sus antepasados lo ofrecían a Quetzalcóatl o a Tláloc. Todo animal silvestre que pueda ser capturado, es conducido a la enramada verde y allí suspendido. El chacal y la zorra, el armadillo y la zarigüeya, el mapache y alguna comadreja se esfuerzan por liberarse de sus ligaduras; pájaros de presa, cuervos, patos silvestres y pavos, codornices y tórtolas aletean dentro de las trampas en que fueron cazados, en tanto que gran número de pequeños pájaros cantores gorjean y cantan dentro de sus jaulas de carrizo en el verde follaje. Inclusive en el templo, frente al altar adornado para la ocasión, se escucha la melodiosa canción del sinsontle”.
Esta inocente complacencia bien puede dársele a la criatura de la naturaleza. Por lo general el indio, y más concretamente el habitante del Anáhuac, exhibe muchas razas de la primitiva costumbre de los toltecas, consistente en rendir culto a la naturaleza. Subsecuentes generaciones deben precisamente a los toltecas su civilización y su religión. Los indios conciben aún la idea de que montañas y cascadas son las moradas de los dioses tutelares; la diosa de las nubes aun tiende sus redes sobre el cielo para fertilizar la tierra (Matlacuey, Matlaquiáhuatl), y el genio tutelar (tonal) se le aparece al niño recién nacido en el momento en que éste hace su entrada en el reino de la vida, del mismo modo en que Tecototl anunciará el fin de sus días. El amor del indio por las flores, su habilidad para seleccionar las que han de adornar altares y templos, sus capacidades como decorador en las funciones religiosas, no las aprendió de los españoles y tampoco es accidental; es algo que a lo largo de los siglos está entretejido en su existencia…” (2).
Fuentes:
1.- Casasola, Gustavo. 6 siglos de historia gráfica de México 1325-1976. Editorial Gustavo Casasola. México, 1978.
2.- Sartorius, Carl Christian. México hacia 1850. CONACULTA. México, 1990.
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Una celebración de Corpus, por demás singular, la podrás ver aquí: