martes, 6 de octubre de 2015

Una crónica de la inundación de 1958 en Salamanca

  Son pocos los testimonios que hay sobre la inundación que sufrió Salamanca hace poco más de medio siglo. Uno de ellos, quizá el más completo y detallado de todos, es el que don Ramiro de la Garma escribe en su libro de Recuerdos y algo más, es a través del clásico modo de ir relatando los recuerdos que nos deja en esas memorias varias “estampas”, en una de ellas relata lo sucedido en septiembre de 1958, cuando comenzó la inundación. Si eres joven lo más seguro es que no sepas de los estragos que este evento ocasionó y si eres de mi generación seguramente reconocerás los sitios que el autor va marcando en su relato.

  “El río Lerma ha estado arrastrando una enorme cantidad de agua y el vecindario de Salamanca ha concurrido a observar el bello paisaje, pero poco a poco ha cambiado el interés de sus visitas que eran para admirar el hermoso espectáculo y empiezan a ser motivadas por la profunda preocupación que va imponiéndose en el ánimo de los salmantinos.

  En uno de los pilares del puente del Molinito hay una regla marcada en metros y centímetros y la gente registra meticulosamente  mayor volumen de aguan en el cauce del río y va haciendo consideraciones del avance del peligro en que se encuentra la ciudad. Reunidos en el edificio de la Presidencia Municipal, el 15 de septiembre en la noche, después del grito, llegaron a comunicarle a Ernesto Bravo que el agua se había desbordado hacia la rivera sur, e iba afectando las calles y las casas de la Colonia Guanajuato y desde luego ya se había metido a las instalaciones de la radiodifusora de su propiedad, la XERX que se encontraba anegada.

   Bravo se trasladó de inmediato a la colonia Guanajuato y advirtió que no podría llegar a pie a sus instalaciones y consiguió que le facilitaran una canoa y de esta manera y auxiliado con personal se introdujo en su propiedad y pudo rescatar su equipo y material perecedero; para lograrlo fueron necesarios varios viajes y algunas horas. Ya no regresó al festejo en la presidencia. 

  Al siguiente día, miércoles 16 de septiembre, todavía se manifestó el fervor patrio durante el desfile correspondiente, pero, en la colonia Guanajuato muchas familias no tuvieron entusiasmo alguno ni interés en los actos cívicos, ya que fueron desalojadas de sus casas por las aguas y su preocupación era guarecerse y proteger a sus niños y todo esto aunado a la desesperanza de saber perdido o deteriorados los objetos de su propiedad que quedaron encerrados en sus casas.

   El jueves 17 de septiembre siguió aumentando el volumen de las aguas inundando las partes bajas colindantes con la rivera norte, afectando a vecinos de los barrios de Nativitas y San Pedro. El parque de futbol El Molinito quedó convertido en un remanso parte del río, así como toda la zona aledaña, incluso fue necesario desalojar la cárcel de mujeres, también se desalojaron casas de la calle de Allende próximas al antiguo Rastro, a espalda de la Escuela Primaria Federal Miguel Hidalgo (hoy Jardín Xidoo) y por consiguiente las cuadras vecinas del río como calle Río Lerma, Conde de Monterey, Libertad, Pasajero, etc. Las familias damnificadas iban buscando alojamiento con familiares y amigos y lo que fue el claustro mayor del ex convento de San Agustín empezó a recibir grupos familiares que se acogían a la protección de sus corredores.

  El viernes 18 de septiembre se respiraba una franca atmósfera de angustia. Las personas de más edad comentaban de las inundaciones que había padecido Salamanca en los años de 1912 y 1926 y las conclusiones no eran para alentar a  nadie. El que escribe contaba con anotaciones de las lecturas de los volúmenes de agua, tomados dos veces diaria y concluyó que a más tardar el lunes siguiente Salamanca estaría inundada y así lo comentó a personas de su amistad y compañeros de trabajo.

   En las puertas de numerosas casas fueron construidos pequeños muros, con arbitraria elevación que cada vecino estimó adecuada. La fábrica de conservas La Fortaleza quedó protegida con muros en todas sus entradas, a pesar de que se recibió información de que en 1912, que se inundó Salamanca por las aguas del río, el agua no brincó la vía del ferrocarril y los lugares al norte de la vía pertenecieron secos. En 1926 la situación fue diferente porque se rompieron las represas y el agua bajó por la campiña del lado norte.

  Con el objeto de colaborar en lo que pudiera presentarse, llegó a Salamanca un carro de bomberos, también llegaron tres ambulancias de ciudades vecinas. El sábado 19 de septiembre amaneció el ex convento completamente lleno de damnificados. En la colonia Guanajuato demasiadas familias habían precisado abandonar sus hogares y además había casas inundadas cuyos propietarios se negaban a dejarlas y se habían subido a los techos con algunas de sus pertenencias y llevaron una forma de vida verdaderamente infame.

  Semiparalizaron el trabajo en muchos lugares porque había personal que andaba tratando de rescatar algunos objetos. La preocupación de las personas era angustiosa. Llegaron otros carros bomba con su personal y numerosas ambulancias. Se les citó a los conscriptos y se les tenía disponible a aquellos que se presentaron.

  Se cometió un gravísimo error, salieron carros de sonido a recorrer la población informando a los habitante s dela gravedad de la situación y el estribillo era: “estén ustedes preparados”, pero nadie sugería el tipo de previsión que se debería tomar. Ante la ignorancia de las personas acerca de las medidas preventivas y en qué forma podrían estar preparadas y para hacer que, cundió el abatimiento, sabiéndose la gente totalmente desvalida. Y las camionetas de sonido seguían su labor desmoralizadores recomendando siempre “estén ustedes preparados”.

  El que escribe terminó sus labores en La Fortaleza y durante el trayecto a su domicilio pudo percatarse de la zozobra generalizada. Los habitantes que trataban de estar preparado y, al no saber qué hacer, se paraban en las puertas de sus casas para oír rumores que pudieran orientarlos y resultaban cada vez más confundidos. ¿A dónde llevar a sus familias para protegerlas?... 

  Mi esposa había conseguido telefónicamente la autorización de Eugenio Lang,  Presidente del Club de Leones, para poder alojarnos en el edificio del mismo, ubicado en la calle de Vasco de Quiroga que brindaba más seguridad por sus dos plantas. Procedió a adquirir una importante cantidad de víveres (bendito Dios que aún se podría comprar en cantidad ya que estaban lejanos los 18 años trágicos de regímenes empobrecedores del pueblo), y esperó mi llegada del trabajo para trasladar a la familia. (Nota: No sé si se refiere a la presidencia de Lázaro Cárdenas o a la de Miguel Alemán, me inclino a pensar que al primero de los dos.)

   Esa mañana antes de irme a la factoría, había pasado a tomar la lectura en el puente, actividad que repetí a mí salida del trabajo y francamente no me pareció suficiente seguridad el llevar a mi familia a la Casa-club. Traté de tranquilizar a mi esposa y le comuniqué que iba a observar los dos ríos: Lerma y el Laja, haciendo un recorrido hasta Cortazar. Al pasar frente al pueblo de Nativitas vi que el agua estaba brincando la carretera Salamanca-Celaya y que había formado una laguneta en la colonia Álamos, quedando totalmente cubierta la planta baja de las casas de dos pisos, ofreciendo al observador una vista muy singular ya que los segundos pisos quedaban justamente al espejo del agua y las casas con terracita parecían construidas a propósito.

  Lo anterior fue el resultado de otro absurdo error. En la calle de Guerrero y en el arroyo de San Antonio, al cruzarse con la vía del ferrocarril que va a Valle de Santiago no había como ahora pasos por arriba para vehículos y tampoco los había por abajo de la vía, simplemente existían unas alcantarillas para los escurrimientos de aguas pluviales y fueron taponadas con varios viajes de tierra bastante mal apisonada con ello se lesionó de inmediato a los vecinos de la cita colonia Álamos y más tarde a todos los habitantes de Salamanca, como veremos después.

   Al terminar el barrio de San Juan de la Presa y alcanzar con la vista nuevamente el río Lerma se apreciaba de una magnitud imponente; si no hubiera sido por la congoja que dominaba los sentimientos, se hubiera apreciado una panorámica de belleza maravillosa. Casi enseguida hice contacto con el arroyo feo que aparentaba ser un caudaloso río que bajaba lento y tranquilo a confundirse con el Lerma, pero antes formaba una importante laguna al lado norte de la carretera, ya que al salirse de cauce inundó todos los bajos que allí se localizan.

  Llegue a Sarabia y pude observar el enorme caudal que estaba entrando al río Laja y que, a su vez, este conducía las adjuntas para descargar en el Lerma poco antes de llegar a Salamanca ¡en verdad la situación era desesperante! ¡Salamanca no tenía salvación! En Villagrán el río Laja ya no tenía importancia, corría apenas un hilillo de gua. En Cortazar tenía idénticas características que en Villagrán.

   Al regresar a Salamanca encontré un cuadro pavoroso: había demasiadas ambulancias haciendo diferentes e inútiles movimientos, sin más objeto de que sus tripulantes satisficieran su curiosidad observando el estado de las aguas en diferentes puntos de la ciudad sin que, de hecho, se prestase servicio alguno. Lo terrible del caso es que todos esos movimientos se hacían con la sirena abierta y mínimo en cualquier rumbo se localizaban tres sirenas. Las personas se encontraban aterrorizadas y con los nervios destruidos; acudí a varios lugares para indagar que medias se podrían tomar y poder apreciar una absoluta situación de caos. Ni en la Presidencia Municipal ni en el cuerpo de bomberos ni en la B. Cruz Roja había quien encabezara o siguiera un plan determinado.

 Alguien me dio la noticia dizque procedente de la oficina local de la Secretaría de Recursos Hidráulicos relativa al desplazamiento de una nueva masa de agua que ya había pasado por Jaral del Progreso y por lo cual la cresta estaría en Salamanca más o menos a la una de la madrugada del día siguiente domingo 20 de septiembre.

   Los camiones de La Fortaleza estuvieron ayudando a trasladar pertenencias del personal que en ella prestaba sus servicios y que se protegían en las bodegas de la empresa. Casi a la media noche se había reventado un pequeño bordo que levantaron los vecinos de la calle Vulcano (continuación de la calle Neptuno) y ya estaban inundados los cruceros de Neptuno con Revolución, Juárez e Hidalgo, buscando el agua la corriente natural de la población rumbo al arroyo de san Antonio que, por consecuencia, trasladaba el perjuicio a la calle de Guerrero.

  Cruzamos la vía del tren por Hidalgo y a muy poco distancia encontramos una importante corriente de agua que brincaba la carretera, de Nativitas a los Álamos y era fácil de concluir que esa agua acabaría afectando a Salamanca. Las orillas de la carretera estaban señaladas con muchachos conscriptos que formaban filas a cada lado y así se evitaron accidente a los vehículos automotores. El lunes 21 que regresé a Salamanca para asistir a las labores y afortunadamente La Fortaleza, tal y como lo señalaba la experiencia de inundaciones anteriores no sufrió daño directo.” (1) 








Fuente:

1.- De la Garma, Ramiro. El Bajío de mis recuerdos. Edición del Autor. Sin fecha de publicación. pp. 279-283

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