jueves, 16 de abril de 2009

Misa Solemne - 1

El pasado martes 7 de Abril (Martes Santo) se cumplió una vez más con la tradición centenaria de rendirle pleitesía a la imagen del Cristo Negro del Señor del Hospital. Solo que esta vez la celebración fue más solemne pues se declaró oficialmente el inicio del Año Jubilar de El Señor del Hospital.

Fueron cientos de personas quienes nos dimos cita en el Templo, engalanado esta vez de forma especial para que la misa fuera un evento inolvidable, flores frescas por miles adornaban el ya de por si bello altar y allí, en su camarín, como lo ha estado desde hace mucho tiempo, la imagen del Santo Cristo que, según la tradición salió de Jilotepec en el actual Estado de México, pero que de acuerdo con el relato manuscrito hecho por Alonso Marañón, el origen de la imagen es aun más antiguo y se ubica en el que fuera el primer colegio de españoles, el de La Santa Cruz de Tlatelolco. Lo cual lo remite a 1530, aproximadamente.

Luego de un largo peregrinar de Tlatelolco a Jilotepec, en donde paso veinte años, de acuerdo a lo anotado en el mencionado manuscrito, el Santo Cristo sale en 1560 a Mamayé (Tepeji), para luego continuar a Mamení (Tula), seguir a Dañú (Nopala), Ndamxey (Querétaro), y entrar en lo que actualmente es el estado de Guanajuato por Andahé (Apaseo), siguiendo a Naatahí (Celaya) y Degñó (Cortazar) en donde el encargado de la Estancia de Barahona, Baltasar López Ledesma, ofrece a los indígenas que venían huyendo con la imagen la protección de su Estancia y llegan así a Xidóo (Salamanca).

Es aquí, en Xidóo en donde se da la señal divina, donde se produce el milagro y en una noche, intempestivamente, la campana de la iglesia del hospital de indios, en donde ya se había depositado, comienza a sonar, llamando a celebración de difunto. El custodio de la imagen, el mismo que salió huyendo con ella desde Jilotepec, Ignacio Cardona muere, la campana anunciaba su muerte, pero eso no es así, es allí en donde se produce el verdadero milagro del Cristo Negro, cuando dobla su cabeza indicando de este modo que era Xidóo el lugar que elegía para quedarse para siempre.

De allí inicia la tradición del culto al Cristo Negro del Señor del Hospital de Salamanca, y hoy se anunciaría el inicio del Año Jubilar. Son ya 450 años de la llegada de la imagen al lugar que el mismo Señor eligió para quedarse. Y la celebración inicia, en solemne comitiva fueron los abanderados de los gremios y cofradías quienes ingresaron inicialmente al Templo, seguidos de los Diáconos del Seminario de Salamanca.

El Cura del Templo de El Señor del Hospital, Alfredo González Vázquez fue el encargado de organizar los eventos relativos al inicio del año Jubilar, se contó con la presencia del Sr. Obispo de la Diócesis de Irapuato, a la que pertenece Salamanca, Don Jesús Martínez Cepeda fue él quien ofició la solemne misa. Se contó con la visita del Sr. Obispo de Tlaxcala, Don Francisco Moreno y Barrón (originario de Salamanca) y el Excelentísimo Sr. Arzobispo de Morelia, Don Alberto Suárez Inda, así como el Obispo Auxiliar de Morelia, Don Octavio Villegas Aguilar.

Un acto de relevante importancia durante la celebración fue el descenso del Santo Cristo de su lugar habitual al centro del altar mayor para ser expuesto a la derecha del altar y de este modo ser visto de cerca por las multitudes que en días posteriores llegarían en la tradicional peregrinación para hacer la visita anual al Señor del Hospital de Salamanca.









domingo, 12 de abril de 2009

La Consagración del Templo del Señor del Hospital

En el mes de Abril de 1924 se levó al cabo la consagración y estreno del Templo Nuevo del Señor del Hospital, trasladando la imagen , que había permanecido en el Templo Chico desde el siglo XVI (esa capilla primitiva tuvo sucesivos arreglos en las épocas siguientes) a este nuevo templo, hoy Parroquia, cuya construcción se inició muchos años antes pero quedó suspendida, se reanudó por los donativos de doña Emeteria Valencia y de doña Cayetana Gasca y los esfuerzos de los padres don Ramón Partida, don Tiburcio Hincapié y don Vicente Bustos, según el proyecto que hizo el ingeniero don Ernesto Barton; de nuevo se suspendieron por año los trabajos hasta que los reanudó, con entusiasmo y firmeza el padre don Benedicto Medrano. En los actos litúrgicos de la consagración oficiaron don Leopoldo Ruiz y Flores arzobispo de Michoacán, don Luis María Martínez obispo auxiliar del mismo, don Emeterio Valverde y Téllez obispo de León y don Francisco Banegas, Obispo de Querétaro y don Leopoldo Lara obispo de Tacámbaro. Los mármoles de los altares son del taller de Ponzanelli, de México; las canteras labradas fueron trabajadas en Salamanca; los cuadros murales al óleo, del templo, los pintó don Candelario Rivas, pintor leonés que residió en Salamanca pocos años; la decoración mural y de las bóvedas es obra del padre Ives Grall, decorador y presbítero francés, que también decoró y pintó el templo de las Tres Caídas, del cual fue capellán por seis años que residió en Salamanca.

Tomado del libro Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense del Lic. José Rojas Garcidueñas, publicado en México, DF, por Editorial Porrúa en 1982.


miércoles, 8 de abril de 2009

El Jubileo


El Señor del Hospital acaba de iniciar el 7 de Abril de 2009 su año jubilar.

Un Jubileo es un quincuagésimo aniversario, un año especial que se celebra con exultación en la Iglesia. Es una celebración llena de gozo que tiene sus orígenes en la Historia Sagrada. Siete es el número santo que significa totalidad. Dios creó el mundo en siete días, el séptimo descansó. El día séptimo de la semana o el "Sábado" era el día de santificación para los Israelitas.

Cada séptimo año era también un año de santificación. Siete años siete veces llamaban para un año de celebración que se llamó el Jubileo. Una celebración cada cincuenta años era parte de la ley Levítica y significaba traer un tiempo de justicia, paz y perdón.

Es importante notar que en el calendario bíblico, Cristo vino al mundo en el cuarto milenio, han ocurrido dos milenios de Cristiandad así que el séptimo milenio es un tiempo de Gracia y santificación. El Jubileo se celebra cada veinticinco años por decreto del Papa Clemente VI.

Cuando los Israelitas recibieron la ley Levítica, el Jubileo vino como un tiempo para proclamar la remisión de los pecados con sonido de trompeta. Fue una celebración de paz, perdón de deudas, liberación de esclavos y gran gozo en la tierra. Fue un tiempo de escuchar al Espíritu de Dios moviéndose con justicia en los corazones de los hombres y trayendo reconciliación. Se necesitaba una proclamación hecha con el sonido de trompeta para enfatizar la importancia del evento, para hacer conocido a todo el mundo con gozo de que Dios demanda justicia en la tierra, el compartimiento de las riquezas y de que El perdona los pecados.

El Jubileo era un tiempo de la Gracia de Dios que tocaba los corazones de aquellos que escuchaban su Palabra. Dios insistía en que nosotros debemos de mantener sus preceptos y juicios, que tenemos que cumplirlos: para que podamos vivir en la tierra sin ningún miedo, y para que tengamos confianza en su bondad. (Lev 25:18-19)
La trompeta con que se anunciaba este año particular era un cuerno de morueco, que se llama "yobel" en hebreo, de ahí la palabra "Jubileo". La celebración de este año llevaba consigo, entre otras cosas, la restitución de las tierras a sus antiguos propietarios, la remisión de las deudas, la liberación de los esclavos, y el reposo de la tierra. En el Nuevo Testamento, Jesús se presenta como Aquél que lleva a su cumplimiento el Jubileo antiguo, ya que Él ha venido a "predicar el año de gracia del Señor" (cfr. Is 61, 1-2). Actualmente se le denomina Shofar entre los hebreos. Fotografía de Osvaldo Perez.

Levítico 25:8-19

8.- Contarás siete semanas de años, siete veces siete años; de modo que el tiempo de las siete semanas de años vendrá a sumar cuarenta y nueve años.

9.- Entonces en el mes séptimo, el diez del mes, harás resonar clamor de trompetas; en el día de la Expiación haréis resonar el cuerno por toda vuestra tierra.

10.- Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia.

11.- Este año cincuenta será para vosotros un jubileo: no sembraréis, ni segaréis los rebrotes, ni vendimiaréis la viña que ha quedado sin podar,

12.- porque es el jubileo, que será sagrado para vosotros. Comeréis lo que el campo dé de sí.

13.- En este año jubilar recobraréis cada uno vuestra propiedad.

14.- Si vendéis algo a vuestro prójimo o le compráis algo, ved que nadie dañe a su hermano.

15.- Comprarás a tu prójimo atendiendo el número de años que siguen al jubileo; o según el número de los años de cosecha, él te fijará el precio de venta:

16.- a mayor número de años, mayor precio cobrarás; cuantos menos años queden, tanto menor será su precio, porque lo que él te vende es el número de cosechas.

17.- Ninguno de vosotros dañe a su prójimo, antes bien teme a tu Dios; pues yo soy Yahveh vuestro Dios.

18.- Cumplid mis preceptos; guardad mis normas y cumplidlas; así viviréis seguros en esta tierra.

19.- Y la tierra dará su fruto, y comeréis hasta saciaros; y habitaréis seguros en ella.


Este es el morueco, una variedad del carnero, de donde se toma el cuerno para los ceremoniales hebreos.


El texto del presente artículo ha sido íntegramente tomado del sitio:
http://www.theworkofgod.org/

martes, 7 de abril de 2009

Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense

La versión del Lic. José Rojas Garcidueñas, ilustre salmantino que publicó en 1982 en Editorial Purrúa, su obra: Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense; respecto a la leyenda del Señor del Hospital nos comenta lo siguiente:

Relativo a esta época es el relato o historia del Señor del Hospital de Salamanca, que contiene muchas referencias e información de tal época, de la cual tenemos tan escasas fuentes de datos, de manera que los de tal relato no deben ser menospreciados, por el contrario, resultan sumamente apreciables, como sucede en otros semejantes relatos piadosos como los de la imagen del Señor de Santa Teresa, de la Virgen de San Juan de los Lagos que escribió el padre Florencia, y muchos.

Este relato dice, y yo creo que efectivamente es verdad, que hacia 1560 (fecha probable), donde hoy es Salamanca era una propiedad de Sancho de Barahona, administrada por su cuñado Baltasar de López Ledesma, colindante al oriente con el pueblo de Xidóo, por el sur su límite era el río Lerma, que el relato llama en otomí “madonté”, por el norte “no se podía decir hasta donde llegaba”; es decir, estaba mal deslindada, y al poniente “siguiendo el río y saliendo de Xidóo al amanecer ya entrada la noche se llegaba a los límites de la Estancia por ese lado”, lo que con toda la imprecisión y posible exageración podrían ser cuatro o cinco leguas río abajo, rumbo a Pueblo Nuevo. También nos informa el relato que había entonces dos capillas: una, de San Juan Bautista, en el pueblo otomí de Xidóo y otra, dedicada a la Virgen en su advocación de la Asunción, junto a “unos cuartos donde curaban a los enfermos y que por esta razón se llamaba el Hospital, por lo que tal capilla unos le decían Capilla de la Asunción por la Virgen que allí estaba y otros Capilla del Hospital”, y en el relato termina afirmando que a tal lugar llegó, por el año de 1563, el señor Obispo don Vasco de Quiroga.


Algunos autores dudan de que tal año haya don Vasco realizado visitas a lugares tan lejanos de su extenso obispado, como también se ha discutido si los múltiples hospitales que se establecieron en el siglo XVI en Michoacán y Guanajuato fueron fundados por obra de don Vasco o del gran misionero fray Juan de San Miguel; pero el biógrafo de don Vasco dice que el Obispo ordenó que “en cada pueblo se fabricase a no mucha distancia de la parroquia, una casa con la decencia posible, en la que hubiese separación y división de piezas para diversos usos”, por eso parecía que cuando se construyó el pequeño hospital ya hubiese parroquia, lo cual no consta y es poco creíble pero lo da por supuesto y hasta afirma el mismo licenciado Moreno en su obra Fragmentos de la Vida y Virtudes del V. Illmo y Rbmo. Sr. D. Vasco de Quiroga, publicado en 1939; que el Obispo Quiroga “Finalmente, erigió los Beneficios de las Villas de San Miguel y Salamanca que comprendían, por entonces, lo que hoy son Curatos separados en la Congregación de Dolores y Valle de Santiago” y poco después añade: “Algunos de estos Cuartos (los citados y otros) se erigieron en lugares que al mismo tiempo se fundaron en la tierra de los chichimecas, reducidos y pacificados por la industria de nuestro Obispo…” Ahora bien, San Miguel se fundó en 1555 y Salamanca casi cuarenta años después de la muerte de don Vasco; ¿cómo pudo erigir curatos en lugares que no existían? O es que ¿quiere decir Moreno que don Vasco designó curas para atender poblados que luego fueron San Miguel y Salamanca? Todo esto me parece muy dudoso; el licenciado Moreno escribió su libro sobre don Vasco a comienzos del siglo XVIII (la primera edición es de 1722) y es indudable que su información no fue completa. Pero no solo estas páginas para aclarar tales problemas, que requerirán otras investigaciones especiales para completar la biografía de Don Vasco de Quiroga y la historia del Arzobispado de Michoacán.

De todo lo escrito por Don José Rojas habrá que hacer solo una observación, el pintor Candelario Rivas no es de origen leonés, sino zacatecano. El licenciado Rojas Garcidueñas es una persona sumamente docta, es interesante saber que hay un salmantino que llegó a los niveles tan altos que él llegó en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y fue socio de número en la Academia Mexicana. Su biografía aparece en Wikipedia, la puedes ver en el siguiente enlace:

http://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Rojas_Garcidue%C3%B1as

lunes, 6 de abril de 2009

La leyenda de un Cristo de Jilotepec venerado en Salamanca, Guanajuato

Altar mayor del templo de la Asunción en Atlixco, Puebla.

Existe una hermosa y singular leyenda religiosa sobre un Cristo de Jilotepec, que la tradición ha recogido en forma escrita y oral, a la que aparte de su sentido místico, tiene aspectos históricos importantes. La leyenda -ubicada entre los años 1545 a 1560- se encuentra relacionada con un guerrero indómito, descendiente de una familia azteca, de nombre Acualmetzli, quien habiendo estudiado en el famoso colegio para indios nobles de Santa Cruz Tlatelolco, se convirtió más tarde en jefe de un grupo de otomíes rebeldes aliados de los chichimecas.

Acualmetzli, cuyo nombre significa "mala luna", fue bautizado con el nombre de Ignacio Alarcón y conocido por sus compañeros con el sobrenombre de Roquetilla. En dicho colegio existía un Cristo, del cual era ferviente devoto Acualmetzli, no solo por haber sido traído de Castilla, sino por sus virtudes milagrosas, siendo llamado el Cristo de los Agonizantes.

Acualmetzli huyó del colegio para ponerse al frente de los otomíes rebeldes, llevándose consigo a esa imagen. El Cristo de los Agonizantes sirvió a Roquetilla como emblema para iniciar los combates, ante el cual los aborígenes se arrodillaban para implorar la victoria. Este Cristo acompañó a los rebeldes en muchas de las luchas en contra de los españoles, causándoles varias derrotas. En una de esas batallas muere Acualmetzli y los indígenas derrotados van a establecerse en Jilotepec, llevándose al Cristo de Acualmetzli. Allí, por varios años, fue expuesto a la pública veneración en la casa de Pedro Coyohuatl, pasando mas tarde a poder de Juan Cardona, descendiente de aquél.

Desde entonces el Cristo de los Agonizantes fue venerado en Jilotepec y estuvo en la casa de Juan Cardona durante mucho tiempo, pero un buen día -cuenta la leyenda-, Cardona, en sus sueños, tuvo varias revelaciones en las que el Cristo de los Agonizantes le manifestaba su deseo de no seguir en Jilotepec y buscara lo más pronto posible otro para recibir un culto perpetuo. Obedeciendo la voluntad del Cristo, Cardona, con sus parientes y amigos, abandonó en forma secreta Jilotepec, llevándose a la santa imagen en busca del lugar elegido.

Azarosa y llena de peligros iba a resultar la peregrinación que emprendió Cardona, pues varios vecinos de Jilotepec, dándose cuenta de la desaparición del Cristo, lo persiguieron para rescatar la santa imagen. Largo sería relatar todos los riesgos y penalidades que habrían de pasar Cardona y los suyos, seguidos siempre por los de Jilotepec. Una noche, lograron alcanzarlos, por lo que escondieron al Cristo en un lugar del camino, buscando otro lugar para esconderse. Al amanecer, los fugitivos fueron en busca del Santo Cristo, quedando sorprendidos por el cambio de color de la escultura, tornándose "negro como el azabache", sucedió que tomaron como un signo milagroso pues "Dios nuestro Señor, para evitar que el Cristo cayera en manos de los de Jilotepec, transformó su color para confundirse con la obscuridad".

Salvado de este suceso, el Cristo de los Agonizantes siguió por muchos lugares que hoy corresponden a Querétaro, Apaseo y Celaya, llegando a Xidóo (la actual Salamanca), en donde fue colocado en el altar mayor de una capilla, utilizada en su mayor parte para curar a los enfermos, llamada por ese motivo Capilla del Hospital, y que fue fundada por el primer obispo de Michoacán, don Vasco de Quiroga.

La leyenda termina relatando que un martes santo las campanas del templo tocaron solas, doblando a muerto y observaron que la cruz estaba clavada como una vara en tierra y que el Santo Cristo, ahora llamado del Hospital, que antes tenía la cabeza en agonía, ahora la tenía caída, asi como el hombro derecho, significando que el Santo Cristo había expirado. La explicación de este magno suceso sirvió para entender que las campanas tocaban solos porque el Divino Señor quiso venir a morir a este lugar. Tal es la leyenda del Señor del Hospital, el Cristo Negro que hoy se venera en Salamanca, Guanajuato.

El anterior relato lo he tomado de una monografía que hace de Jilotepec, el cronista Municipal de dicha ciudad, Antonio Huitrón H., en un libro que encontré en la Biblioteca Municipal de Jilotepec, Estado de México, sin pasta, en donde faltan también los datos de su publicación, aparentemente a principio de la década de 1970.

domingo, 5 de abril de 2009

Hospitales

Monumento a Don Vasco de Quiroga, Tata Vasco, en Quiroga, Michoacán.

Hay una duda que se presenta al estar en Salamanca y oír el nombre de El Señor del Hospital pues pretendemos encontrar lo que es un hospital propiamente y eso, no existe aquí. Para entender el concepto del nombre, nos debemos remitir a lo que la palabra hospital representaba en el primer cuarto del siglo XVI: un lugar que brinda hospitalidad, en donde todo aquel que llega recibe auxilio, sea física que del alma.

Para ello tomaremos como base de este artículo lo que se escribe en la Enciclopedia de México publicada en 1967, edición que estuvo al cuidado de José Rogelio Álvarez:

La palabra hospital deriva del latín hospitalis, que quiere decir afable y caritativo con los huéspedes. En español antiguo existía el adjetivo hospitalable que significa perteneciente o relativo al buen hospedaje. La palabra hospital está ligada igualmente, el vocablo hospitum, o sea hospicio: casa destinada a albergar pobres, peregrinos, inválidos, viejos o enfermos. Sinónimo de origen latino es nosocomio, derivado del griego.

Durante el siglo XVI se le atribuyeron a los hospitales dos connotaciones, una, moderna, como establecimientos dedicados exclusivamente a la curación de los enfermos, según lo entendió Cortés; la otra, medieval, como instituciones para recoger a los huérfanos, hospedar a los peregrinos, albergar a los desvalidos y cuidar adicionalmente de la salud.

Vasco de Quiroga, miembro de la Segunda Audiencia, extendió aun más el segundo concepto y concibió a los hospitales-pueblo, es decir, congregaciones indígenas fundadas en el conocimiento y la práctica del cristianismo, el trabajo colectivo y la vida comunal, cuyo funcionamiento comprendía todos aquellos servicios.
Templo del Hospital en Pátzcuaro, fotografía cortesía de Deb Hall de Zocalo Folk Art en San Miguel Allende, Gto.

Previas las autorizaciones del caso, en 1532 fundó el Hospital de Santa Fe de México, en las afueras de la capital, y en 1534 el Hospital Real de Santa Fe de Tzintzuntzan. Con el primero quiso dar "una buena conversión" a los naturales de México, agraviados por los conquistadores y con el segundo mitigar los sufrimientos de los tarascos, violentamente sometidos por Nuño de Guzmán.
Una y otra instituciones tuvieron iglesia, colegio, casa de cuna, habitaciones, templo y enfermería, todo dirigido por un rector -presbítero bilingüe- y por el principal y por los regidores, que eran indígenas electos por los padres de familia. La enfermería ocupaba el edificio más grande, con una sala especial para los enfermos contagiosos y estaba atendida por un médico, un cirujano y un boticario, asalariados, por los miembros de la comuna. Quiroga dotó a estos establecimientos con sus propias rentas y con privilegios pontificios y mercedes reales que consiguió, llegando a tener molinos de papel, telares, tierras y ganados.

En 1537 don Vasco fue nombrado Obispo de Michoacán, pero ya no hizo fundaciones semejantes en el extenso territorio de su diócesis, sino hospitales menos ambiciosos, aunque más eficaces, destinados a convertirse en el centro de la vida popular de las poblaciones ya existentes y de las nuevas que se fueron creando. Este tipo de instituciones tenían tres departamentos: uno para albergar a los enfermos y a los indios peregrinos, otro para el ayuntamiento y el tercero para los "semaneros" o distribuidores, que eran grupos de ocho a diez parejas que permanecían allí siete días cuidando de todos los servicios y que eran sustituidos por otros.


Basílica de Nuestra Señora de la Salud en Pátzcuaro, Michoacán. Fotografía cortesía de Smart Firecat.

La capilla anexa, siempre con la fachada al oriente, estuvo dedicada a La Limpia Concepción de María. De este modo las fundaciones religiosas, políticas y asistenciales de la comunidad tenían un solo asiento, vinculadas a la Parroquia y dependientes del obispo.

Modelo de esta institución fue el Hospital de Nuestra Señora de la Concepción y Santa Marta, en Pátzcuaro, en cuyo templo colocó Quiroga una imagen de la Virgen María a la que tituló Salus Infirmorum (Salud de los Enfermos), en donde en el siglo XVII le vino el nombre de Nuestra Señora de la Salud.

Estos hospitales eran administrados por un mayordomo, un prioste y un quengue, todos indios. La medicina que se aplicaba era la aborigen, fundamentalmente a base de yerbas. En ocasiones las pestes, frente a las cuales poco o nada se podía hacer, los hospitales servían al menos para dar a los muertos cristiana sepultura. No se conoce con precisión el número de instituciones de esta índole fundadas por Don Vasco, se sabe que existieron en Irapuato, Estancia de Barahona y Acámbaro, entre otras.


Para leer más acerca del Hospital de Santa Fe de la Laguna, acceda al sitio:

http://dieumsnh.qfb.umich.mx/memoria_y_tradicion.htm