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lunes, 2 de octubre de 2017

Lo publicado en Excélsior hace 32 sobre la muerte de Margarita Mendoza López.

   Sale de sobra hacer relato de lo sucedido en la Ciudad de México hace unos días. La casualidad, el destino, a ironía o lo que haya sido, hace repetir en la misma fecha, 19 de Septiembre, con 32 años de diferencia, un fuerte terremoto. El de 1985 a las 7:15 de la mañana, el segundo, de 2017, a las 13:15, ambos dejaron muchos daños, en de hace 32 años hubo más de 10 mil muertos, entre ellos una persona de Guadalajara, ligada de algún modo con Salamanca, ya que era la esposa, viuda ya, de José Rojas Garcidueñas: Margarita Mendoza López. Así, recordando el evento y en su memoria, transcribo lo publicado en el Excélsior, días después de lo acontecido.

   “Tercera llamada, tercera llamada, tercera llamada, y Margarita Mendoza López no contesta. Se teme que haya bajado el telón de su vida y haya dejado inconclusa su importante obra que sobre Teatro mexicano realizaba. Margarita Mendoza López, la extraordinaria mujer, infatigable trabajadora, escrupulosamente apegada al deber y sumamente organizada, no responde a los llamados de sus amigos, por lo que se teme que haya fallecido durante el derrumbe del hotel Regis, en donde vivía desde hace dos años después que perdió a su esposo.

  Ella, ordenada en todos los aspectos de su vida, tenía todo dispuesto para cuando llegara la hora de enfrentarse al Creador. Hace poco le dijo a la licenciada Guillermina Llach: “no le tengo miedo a la muerte, estoy preparada. Todo ser que nace, muere… es lo más seguro que tiene uno en la vida y hay que ver este trance con tranquilidad, serenamente”.

  Margarita nunca uso su nombre de casada era esposa del distinguido literato y diplomático, José Rojas Garcidueñas quien fue miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua –con nombramiento de Secretario Perpetuo-, del seminario de cultura Mexicana y otras instituciones de Cultura. Decía Margarita que no era viuda –porque mi esposo vive dentro de mí”. En el registro del hotel Regis decía: “Margarita Mendoza López. Ahí vivió sus últimos dos años en el cuarto número 440. Después de que falleció don José, ella quitó su casa (en las calles de Bolívar) y se redujo a una habitación en donde solo cabían sus libros, sus recuerdos personales. Escribía, leía y se reunía con sus amistades más íntimas. Gracias, Margarita, por haberme contado entre ellas.

  Alta, erguida, de elegancia natural en sus movimientos, una de sus muchas cualidades era la de ser agradecida. “Una persona agradecida, es una persona bien nacida”, nos decía con frecuencia. Y hablaba con cariño de aquellas personas de las que recibió algo.

  Nació en Guadalajara, hija del maestro Luis Mendoza López, quien fue director de la Orquesta de Esperanza Iris. Su madre, Berta, tuvo por muchísimos años, el alquiler de un vestuario teatral, que presentó utilidades. Margarita estuvo profundamente ligada con la vida teatral de México, pues su padre, como hemos dicho, fue director de su Orquesta, gracias a la amistad de su papá con la actriz tabasqueña. Margarita, en su boda lució las joyas de doña Esperanza Irisa, a quien admiró y quiso entrañablemente. Siempre la recordaba y cuando podía hablaba o escribía de ella. Tenía un acopio importante de datos desconocidos, o poco conocidos, de la que fue emperatriz de la Ópera

   En su último libro que acaba de salir, “El Teatro de Ayer en mis Recuerdos” editado por Editorial Porrúa, S.A. dedica un capítulo a doña Esperanza: Dice en uno de sus párrafos: A poco de llegar a México trabamos amistad con Esperanza y con Paco, acababan de casarse. Él era un muchacho de Delicias, Chihuahua de familia muy honorable. Sus padres querían que se hiciera cargo de las tierras y de los negocios que tenían, pero Paco tenía una bonita voz de barítono y lo que quería era cantar, se vino a México y acabó por casarse con Esperanza. La diferencia de edades era grande y la maledicencia se ensañó contra él…”

  Continúa el relato: “cuando se casaron, Esperanza estaba arruinada, el teatro Iris hipotecado y todas sus alhajas en el Monte de Piedad. Algunas amigas entre ellas Conchita Cabrera, que era enfermera, y Sarita Gutiérrez empleada, se encargaban de comprarle hasta medias. Paco no se casó con Esperanza por su dinero, al contrario, fue él quien se preocupó por sacarla de la ruina”.

  Margarita vino a verme a Excélsior, el 13 de septiembre. Desgraciadamente no me encontró. Me dejó su libro “El teatro de ayer en mis recuerdos”, dedicado a la memoria de José Rojas Garcidueñas (su esposo) y el que dice en la primera página. Luis y Bertha Mendoza López dos vida consagradas al espectáculo. Relato personal entreverado con las conversaciones que con mis padres tuve a lo largo de sus vidas”.

   Qué ironía del destino! En esta pena que embarga a nuestro país la familia de Plácido pereció a consecuencia del sismo y Margarita… pensamos que también, porque de ella no se ha sabido nada de ella y quizá su cadáver fue enviado a la fosa común.

  Todos sus amigos sentimos profundamente su desaparición y nos conforta que estaba preparada para el viaje final. Colaboró en el Centro México de Escritores, institución que en 1959 le encomendó la organización y publicación de la obra titulada “Catálogo de publicaciones periódicas mexicanas”. En esta institución trabajó muchos años, pero sus inquietudes teatrales la llevaron a ser la directora de la Escuela de Teatro del INBA. Útilmente fundó el centro de Información Teatral “Rodolfo Usigli”, del INBA. Y hasta hace unos días trabajaba en la publicación del Catálogo de Obras teatrales mexicanas para el IMSS.


Fuente:

Appendini, Guadalupe. Excélsior Secc. B. Jueves 3 de octubre de 1985 pp. 1—5

sábado, 28 de mayo de 2016

De fray Francisco Vitoria, Rojas Garcidueñas, Antonio Gómez Robledo y los derechos humanos

   En la pasada Feria del Libro en la Universidad de Guanajuato tuve la gran oportunidad de encontrar una publicación que pensaba me sería muy difícil de encontrar a no ser que fuera a la biblioteca especializada de la Facultad de Derecho de la UNAM. Se trata de un libro que haba de un personaje conocido y reconocido en Salamanca la de España, que tiene, incluso un monumento frente a su famosa universidad se trata del fraile dominico Francisco de Vitoria y el libro en cuestión fue escrito por un salmantino, de la Salamanca mexicana: José Rojas Garcidueñas. Pero no es un libro cualquiera, se trata de la reimpresión de su tesis de licenciatura en derecho, que presentó en 1938. Al hablar de una tesis de licenciatura que fue publicada como libro al poco tiempo y que, además se convertía ya en el segundo libro publicado por el autor es cosa memorable. Y si a eso agregamos el sentido de identidad y esa liga tan enorme que todos tenemos hacia nuestro lugar de origen, el tema merita verlo un poco más a profundidad. De Rojas Garcidueñas hemos publicado muchos artículos en este espacio, todos ellos relacionados directamente a Salamanca, lo que ahora hago es un tema relacionado directamente con el autor.

   Creo que el interés que despierta Francisco de Vitoria en Rojas comienza en un concepto acuñado hace varios siglos en España: la Escuela de Salamanca. "La expresión Escuela de Salamanca se utiliza de manera genérica para designar el renacimiento del pensamiento en diversas áreas que llevó a cabo un importante grupo de profesores universitarios españoles y portugueses, pero especialmente los teólogos, a raíz de la labor intelectual y pedagógica de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca. No cabe duda que el influjo de la Escuela se debió sentir en otras naciones, puesto que muchos de los componentes de la Escuela dieron clases en universidades de fuera de España". (Wikipedia).

   Siendo Rojas estudiante de derecho y apasionado de la cosa del siglo XVI (lo comprobamos en su estudio del teatro novohispano de ese siglo) seguramente el personaje le fue atractivo, más aun cuando existe el gusto por la historia y fue él, Vitoria, uno de los iniciadores de la defensa de los derechos que hora conocemos como Humanos. "Se preocupó por los derechos de los indios. Su obra De indis recoge las relecciones en las que expresó su postura ante el conocimiento de diversos excesos cometidos en las tierras conquistadas en América. En ella afirma que los indios no son seres inferiores, sino que poseen los mismos derechos que cualquier ser humano y son dueños de sus tierras y bienes. Este fue el inicio del Derecho de gentes". (Wikipedia).

  Ya con estos antecedentes podremos comprender cabalmente lo que una de las plumas privilegiadas de la inteligentia (del latín, intellegentĭa) mexicana, Antonio Gómez Robledo escribió sobre Rojas Garcidueñas:

  “Salvo muy contadas excepciones, las tesis profesionales (las de licenciatura por lo menos y en nuestro medio enano) son por lo común de lo más efímero, y aun las escritas por aquellos que luego se revelarán como grandes escritores. Se hacen estos panfletos a mas no poder, para salir del paso y cubrir el expediente, cuando lo que premia es salir a la plaza pública, con el título en la mano, a disputarle el pan a quien se nos ponga enfrente, o arrasar con él ¡tanto mejor! en este país famélico y caníbal. Si no hemos escrito la picaresca, la vivimos, y la obtención del título profesional es uno de sus capítulos mejor logrados.

  No así, por el contrario, la tesis profesional de José Rojas Garcidueñas, cuya madurez como pensador y como escritor era manifiesta  El teatro de Nueva España en el siglo XVI, obra publicada tres años antes de la tesis jurídica que hoy se reimprimen, es decir cuando su autor contaba con apenas 23 años. José Rojas Garcidueñas no escribió jamás por escribir, por salir del paso o por cubrir el expediente, escribir fue para él como para todo escritor de raza un acto litúrgico, un acto que se consuma, como un sacramento, con unción y sabiduría. Así, puntualmente, en este trabajo que hoy revé la luz al cabo de casi medio siglo, y en el que salen las cualidades de jurista, historiador y hombre de letras que distinguieron siempre a Rojas Garcidueñas. Porque el autor, al ubicar la figura de Vitoria dentro del marco histórico correspondiente, se pasea con gentil desenfado, y muy a gusto del lector, por aquella época tan movida, tan única y de tanto colorido, que fue el renacimiento español e italiano. Pero luego de este brillante paseo, el autor se concentra en el análisis de las relaciones vitorianas y es así en donde la tesis de Rojas se nos presenta en toda su originalidad renovadora. Trataré de explicarlo.

   No tengo la pretensión de conocer toda la bibliografía vitoriana, ni siquiera la de tener noticia en su totalidad, pero tengo la impresión de que fue México, entre los países hispanoamericanos, el que tomó la vanguardia, dentro de esta comunidad racial y cultural, en estudios vitorianistas. La glorificación del maestro salmantino había comenzado, naturalmente, en España, de donde irradió al continente europeo y luego Norteamérica, con los notables trabajos de James Brown Scott, a los que acompáñala por los mismos años, las investigaciones mexicanas, a la cabeza de ellas el memorable curso sustentado en la Escuela Libre de Derecho por el maestro Esquivel Obregón sobre las Relecciones de Indis. A quienes, como yo, pudimos oírle, o a quienes lo leyeron después, nos dejó marcados para siempre con el sello vitoriano.

   Vitorianistas fuimos, en la joven generación de entonces, Rafael Aguayo Spencer, José Rojas y yo mismo, y lo que tuvimos que decir sobre Vitoria fue apareciendo sobre 1937 con la tesis de Aguayo, luego con la de Rojas en 1938, y con mi libro, por último, publicado en 1940, pero escrito en 1939, en el cuarto centenario de las Relecciones de Indis. Vitoria fue así, por tanto, un vínculo más entre nosotros tres en aquel trío fraternal, en cuya amistad recíproca no se interpuso jamás ninguna nube de incomprensión o discordia. Ahora que han muerto ellos, con otros amigos tan dilectos, pienso que soy, por breve tiempo, como la espiga solitaria del poema de Heiné, que el cegador pasó por alto, quien sabe por qué, al meter su guadaña mies madura para el corte.

   Volviendo a Rojas, después de este paréntesis sentimental (porque en esta edad se escribe también con el corazón) su originalidad consiste, entre los vitorianistas de aquel momento, en haberle sacado todo el jugo al célebre fragmento Temperantia (que el dominico Beltrán de Heredia acababa por entonces de exhumar) y en el que enseña a Vitoria que si por acción bélica de españoles desisten los indígenas de sus prácticas inhumanas (antropofagia y sacrificios humanos) no es lícito pasar delante y hacerse de sus tierras y sus bienes: non licitum est ultra progredi, nec bona eorum aut terras occupare. Una cosa era la intervención de humanidad para extirpar aquellas prácticas bestiales, y otra la conquista como título adquisitivo de soberanía, y esta  no se justifica si por la sola intervención se ha alcanzado al fin perseguidos.

  Por algo llevamos los mexicanos en la sangre, como lo subraya Rojas al final de su tesis, la condenación inapelable del llamado derecho de conquista. Lo aprendimos así, desde la época de la dominación española, de los españoles más ilustres y que mayor bien nos hicieron, de los misioneros y de los teólogos-juristas de las grandes universidades de la península. Algo deben haber sabido de este ideario ancestral los consejeros del generalísimo Morelos, cuando nuestra primera carta política, en la Constitución de Apatzingán, está escrito que “el título de conquista no puede legitimar los actos de la fuerza”.  (Art. 9°)

   De esta ilustre y sólida doctrina, revitalizada y actualizada por Rojas Garcidueñas, debe nutrirse la juventud de hoy para afrontar con buen ánimo a los conquistadores del presente: en Afganistán la Unión Soviética, en Granada los Estados Unidos, y aquí lo dejaremos por lo pronto.

   Hoy por hoy no podemos oponerle sino las armas del espíritu, pero de ellas está llena la aljaba (quiero decir las páginas) de Francisco de Victoria y José Rojas Garcidueñas.

   En ellos, en su mensaje, está nuestra esperanza, la de entonces y la de ahora.

Antonio Gómez Robledo.

  Te recuerdo que tenemos algunos ejemplares a la venta del libro de José Rojas Garcidueñas que yo comento Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense. Si estás interesado, deja tus datos en la sección de comentarios. O al correo: oficina.utt@hotmail.com

Fuente:

1.- Rojas Garcideueñas, José. Vitoria y el problema de la conquista en derecho internacional. Prólogo de Antonio Gómez Robledo. Centro de Investigaciones Humaniísticas. Universidad de Guanajuato. 1984. pp. 7-9

sábado, 19 de septiembre de 2015

Recordando a Margarita Mendoza López en el XXX aniversario de su fallecimiento

Margarita Mendoza López es una intelectual cuya pasión mayor fue el teatro en México.

  “Los críticos Emmanuel Carballo y José Antonio Alcaraz coincidieron en definir el oficio de la maestra Mendoza-López como un "rescate microhistórico" de la esencia del teatro nacional. Mujer solitaria, ermitaña de la ciudad -pero llena de amigos por todas partes y de todas las generaciones-, Margarita fue testigo de más de seis décadas del arte escénico en México". (Siempre, septiembre 26, 2010)

  Poco se conoce sobre ella “en la historia de la cultura en México y, por tanto, se pretende llamar la atención de los interesados  en el teatro y en la poesía de nuestro país; que se sorprendan de lo escasas que son las noticias que de ella tenemos en la actualidad. El propósito de este trabajo es articular los datos sobre la obra de Margarita Mendoza López […]. Esta escritora jalisciense es una personalidad de la cual sabemos poco en el terreno de las letras, su mayor aporte lo encontramos en el conocimiento del teatro mexicano durante la primera mitad del siglo XX, una vez concluida la Revolución Mexicana.” (1) 

  Seguro estoy que el nombre de este personaje nada te dice, en Salamanca es muy poco conocida, por no decir que nadie sabe de ella, menos aún de su obra, ya que estaba sumamente especializada, sus análisis y críticas estaban enfocadas al teatro, a la opera, a la escena y a la zarzuela, no usaba su nombre de casada, el cual lo liga estrechamente a la salmantinidad pues estaba casada con José Rojas Gracidueñas, el intelectual que llegó a obtener el cargo de Secretario Perpetuo de la Academia Mexicana, título que nos dice la importancia que tenía en el ámbito cultural.

   Ocurrió que, a la muerte de Rojas Garcidueñas, ella, Margarita Mendoza se vio acosada, quizá, por lo que regularmente sucede a toda persona que pierde al ser más próximo, al más querido. Y fue por esa soledad que decide mudarse a un hotel, tal vez con el entrar y salir de gente que hay en un hotel, el cruzar con personal de servicio o huéspedes en los pasillos le hacía mitigar esa soledad. José Rojas murió el 1 de julio de 1981, poco tiempo después su viuda lleva el trabajo mecanografiado que Rojas Garcidueñas había hecho en base a notas, recortes y muchos recuerdos con el editor de Porrúa a quien seguramente lo conoció dado que mucha de su obra  la había publicado la prestigiada editorial y es, gracias a los trámites que Margarita Mendoza López que el 18 de febrero de 1982 se imprime, como homenaje póstumo, el libro Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense

  Quizá ese año, o al año siguiente Margarita Mendoza, la viuda, se muda del departamento en el que vivió largos años con su marido, en la calle Bolívar No. 8, en el Centro Histórico al Hotel Regis, para volverse una víctima más de los miles de fallecidos a consecuencia del derrumbe del hotel provocado por los sismos del 19 de septiembre de 1985. Quizá sus restos fueron a dar a la fosa común que en el panteón de San Lorenzo Tezonco se hizo para dejar allí a los miles de cuerpos de personas no identificadas.

  Margarita Mendoza López nació en Guadalajara en 1914. Entre sus obras publicadas están: Una voz alada y de un país inexistente (1955), También crecen espigas (1959), José Rojas Garcidueñas, el hombre (1964), Rosas blancas con tus recuerdos (1966). Primeros renovadores del teatro en México, 1928-1941 (1985). El teatro de ayer en mis recuerdos (1985). Era la editora de la revista Teatro, (1956), así como colaboradora en la revista Rueca (1942-1943).

  Creo que todos los salmantinos que gustamos de la historia le debemos estar muy agradecidos ya que, si ella no hubiera hecho los trámites ante Porrúa, lo escrito por José Rojas Garcidueñas de la historia de Salamanca se hubiera perdido para siempre. (La imagen que ves aquí, de una calaca, es el logotipo de la estación Metro Tezonco.)


Fuente:

1.- Beltrán Cabrera, Francisco Xavier. Margarita Mendoza López y Gilberto Owen en el Teatro. Fuentes Humanísticas, Año 29, Número 50. UAM: México. I Semestre 2015, pp.111-121

domingo, 7 de septiembre de 2014

La Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato ¿Lugar en donde descansan los restos del Padre Marocho?

    Uno de los personajes que encierran un cierto halo de misterio en la Salamanca del siglo XIX es el conocido como Padre Marocho, incluso hay una calle, que lleva su nombre en esta población. José María Marocho era su nombre, nació en Morelia y profesó con los padres agustinos, de su vida nos da cuenta José Rojas Garcidueñas de este modo:

    "El célebre padre fray José María Marocho nació en Morelia el 18 de maro de 1792; estudió latín con los agustinos y luego las humanidades en el Seminario Conciliar; decidió luego entrar en la Orden de San Agustín y en ella profesó en 1814, lo enviaron a Guadalajara donde estudió teología y otras materias con el doctor fray Joaquín de Valdecañas; “allí se hizo su apellido de Marocho sinónimo de sabio”, escribió años después su biógrafo fray Angel Gasca. Recibió las ordenes sacerdotales en 1820 y luego fue destinado a la predicación y al magisterio en Morelia, Querétaro y Celaya, donde fue prior en 1830. De sus años más importantes dice el cronista: Salamanca le atraía como un imán misterioso, como si allí estuviese su verdadero centro. Pensaba él sin duda en el antiguo proyecto de la Universidad Agustiniana y por eso, al enviarlo allí de vicario prior el Capítulo Intermedio de 1832, lo primero que hizo fue emprender el decorado general del monasterio..

   "Preparado el edificio, siguió luego el ensayo universitario. El capítulo de 1834 lo eligió primer definidor, siendo provincial el padre García Trillo, con quien trabó la famosa polémica sobre los bienes inmuebles de la provincia, aconsejando Marocho su venta inmediata, pues previó el despojo que vino veinte años después. No obstante la divergencia de opiniones, García Trillo le permitió que abriese el Colegio de Salamanca y, para darle mayor facilidad de acción, lo propuso y fue electo vicario prior y lector de Teología. El 25 de enero de 1835, se hizo la solemne apertura del plantel, con una misa de tres ministros y una pulcra oración latina del regente Marocho, digna de una gran Universidad. No se limitó al curso teológico, sino que amplió la docencia a la filosofía y a las humanidades, para toda clase de alumnos, aun los que no tenían el propósito de seguir la carrera eclesiástica...”

   "En sus últimos tres años, 1840 a 1843, “entregado, con heroico ahínco a la cátedra, a la predicación, a las realizaciones artísticas (se refiere a pinturas al óleo, retratos y asuntos religiosos), al estudio del Derecho y de la Sagrada Escritura y a las mil consultas que le llovían de todas partes, el cuerpo se fue gastando lentamente y no pudo resistir la última prueba...” Estas últimas palabras se refieren al Capítulo de 1842 en el cual fue propuesto Marocho para ser provincial y fracasó ante enconados y terribles ataques que mucho lo amargaron, asunto al que luego me referiré. El padre Marocho murió en el convento de Salamanca el 18 de marzo de 1843; fue enterrado en una cripta de la sala De Profundis, junto a la sacristía, pero treinta años después fue exhumado por orden del general Echegaray, encontrándolo momificado fue enviado el cuerpo a Guanajuato dizque para ser analizado; logró rescatarlo allá el padre Garcidueñas, que había sido su discípulo y entonces era cura párroco de Guanajuato y le dio sepultura en la capilla de Santa Faustina de su parroquia". (1)

   Con esta idea nos fuimos a Guanajuato para ubicar la tumba en donde, se dice, fue enterrado, justo en el altar de Santa Faustina, la cual vemos en la segunda, tercera y cuarta fotografía, pero nada hay allí, quizá en laguna de las restauraciones del Iglesia Matriz, como se le decía a la Colegiata de Guanajuato, la tumba fue eliminada pero, al leer con atención el texto de Rojas, nos dice que fue sepultado en la capilla de Santa Fasutina, no en el Altar de Santa Faustina.

   En la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato hay una capilla lateral, pero está convertida en Museo Mariano, no sé si sea allí en donde estuvo (o sigue estando) el cuerpo, dicen que momificado, del Padre Marocho, un enigma más que agregamos a su vida la cual dejó gran impacto en Salamanca, por un lado porque el tenía la firme idea de fundar la Universidad Agustiniana, que llevaría el emblemático nombre de Universidad de Salamanca y, por el otro, esa habilidad de vidente que, se dice, tenía. Al grado tal que era consultado por encumbrados personajes de la política de entonces.

    Para saber más sobre el Padre Marocho, recuerda que ya tenemos disponible la reedición del libro Salamanca: Recuerdos de mi tierra guanajuatense. A la venta en la Librería Minerva de la calle Juárez, en el centro histórico de Salamanca, Guanajuato.





   Se dice que este es el retrato de fray José María Marocho, de quien su cuerpo momificado, fue enviado a Guanajuato, pero en Guanajuato aun no hemos podido localizar el sitio en donde descansan, en santa paz, sus restos, en una próxima visita que hagamos a esa ciudad, haremos una investigación más profunda con el fin de encontrar ese lugar en donde descansa...

Nota: Todas las fotografías que aparecen en este artículo, fueron tomadas en la Basílica de Nuestra Señora de Guanajuato.

Fuente:

1.- Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense. Editorial Porrúa. México, 1982. pp.100-101.

domingo, 24 de agosto de 2014

Presentación del libro: Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense.

    Ocurrió el jueves 21 de agosto, luego de poco más de un año de estar madurando la idea para luego comenzarla a trabajar, de los detalles de esa idea di cuenta en el "otro blog", y sucedió que, con una sala que si bien no se llenó pero si llegó a algo así como un 70 o 75% ocupación nos dimos a la tarea, mi editor, Rosa María Rojas, y yo, de dar a conocer al público la reedición del libro de José Rojas Garcidueñas, Salamanca: Recuerdos de mi tierra Guanajuatense.

   Un día antes habíamos sostenido ya una rueda de prensa con los medios locales, y dos días antes una entrevista ante los micrófonos de una de las estaciones de radio de la localidad. La difusión se hizo y ahora, ante el público interesado comentamos, en forma breve, lo que Rosa María y yo vivimos en ese año que nos llevó asentar la idea que surgió, como suele ocurrir, en una amena y larga plática en la que la inquietud quedó sembrada: comentar a don José Rojas Garcidueñas. Menuda encomienda, comentar, ni más, ni menos, que al Secretario Perpetuo de la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Yo? No lo pensé una vez.... lo hice durante dos meses, la respuesta fue sí, sí puedo.

    Somos muchos a quienes nos atraen los libros, primeramente como objeto, y el resultado, visualmente de Recuerdos de mi tierra guanajuatense cumple cabalmente ese gusto, el libro, estéticamente es de esos que son bonitos, no lo digo yo solamente, me lo han dicho ya una buena cantidad de personas. Pero las cosas no quedan allí, hay que dedicarle varias horas, quizá muchas horas para leerlo. Hubo alguien quien ya lo hizo, un reconocido médico de la región que me lo dijo: "he disfrutado mucho esta lectura".

    El libro va enfocado, esencialmente a la gente de Salamanca, salmantinos por nacimiento o por adopción que, debido al paso del tiempo, al crecimiento poblacional, al cambio de costumbres, a vivir en el ajetreado siglo XXI, no han tenido aquello que, muchos de nosotros logramos tener en las charlas de sobre mesa, o incluso en acaloradas discusiones en donde se dilucidaba la Historia oficial del pueblo de Salamanca.

    Creemos importante, Rosa María y yo, rescatar el texto de Rojas Garcidueñas y difundirlo entre todas las nuevas generaciones de salmantinos con un solo objetivo: el contar con un documento bien sustentado que nos deje el conocimiento de la historia de Salamanca de los siglos XVII, XVIII y XIX, y dejar el camino listo para que, en una próxima edición nos enfoquemos al siglo XX, ese que fuera el siglo del gran cambio de Salamanca, cuando dejó de ser la pequeña población dedicada, esencialmente a a la agricultura, para dar paso a las nuevas tecnologías y convertirse en población industrial. Mucho nos queda por rescatar de la memoria colectiva del siglo XX, comenzaremos a trabajar en ello.

    Agradecemos a todos los asistentes a la presentación de libro, agradecemos a todos aquellos que ya lo compraron, nos hemos sorprendido gratamente con la solicitud de cinco ejemplares para ser enviados a Houston, uno a Izmir, en Turquía, y también a todos aquellos que, desde distintas poblaciones del país ya nos lo han solicitado, estamos en el proceso de envío de esos ejemplares.

    Si tu que lees esto estás interesado en adquirir un ejemplar, te comento que están ya a la venta en las librerías de Salamanca: la Minerva en la calle Juárez y la del Ex convento de San Agustín, así como también en la Casa de la Cultura de Salamanca.







sábado, 5 de julio de 2014

La curiosa relación entre Salado Álvarez y Rojas Garcidueñas: La Batalla de Salamanca.

    Este bolg lo tengo enfocado a la Historia de Salamanca, he procurado evitar la inclusión de artículos que hablen de mí, de mis actividades pero esta vez se me hace imposible hacerlo, no pretendo protagonismo alguno, pero hoy me ocurre una enorme casualidad. Casualidad, como muchas en mi vida que me han llevado a conocer gente y lugares que luego me conducen a conocer personajes. Los dos personajes de los que hoy hablo son Victoriano Salado Álvarez y José Rojas Garcidueñas, uno de Teocaltiche, Jalisco, el otro de Salamanca, Guanajuato. Ambos escribieron sobre sus respectivos pueblos, el primero en su Tiempo Antiguo nos regala bosquejos de la vida cotidiana en esa parte de los Altos de Jalisco de la segunda mitad del siglo XIX, mientras que el segundo hace lo propio con el retrato de Salamanca, en el Bajío de Guanajuato, más o menos de la misma época en su Recuerdos de mi tierra guanajuatense. Al primero le levanté un Altar de Muertos en el día de los Fieles Difuntos de 2013, al segundo espero levantárselo cuando haya la oportunidad.

    Pero el ligar a un personaje con el otro, en los que hay una generación de por medio, pues Salado Álvarez vivió de 1867 a 1931, mientras que Rojas Gacidueñas fue de 1912 a 1981. El primero se graduó de Abogado en la Escuela de Jurisprudencia de Guadalajara, el segundo fue Lic. en Derecho por la Universidad Autónoma de México. El primero fue Socio de Número de la Academia Mexicana de la Lengua, ocupando la silla X; el segundo lo fue con la silla IV.

   Y llegamos al punto en donde la liga se estrecha pues ambos estaban interesado en el aspecto histórico de sus poblaciones y de México en general, ambos escriben pasajes de esa historia, si bien uno (Rojas) es más metódico que el otro (Salado), ambos coinciden en un pasaje ocurrido justo aquí, en Salamanca, el 10 de marzo de 1858 en la llamada Batalla de Salamanca, la que diera inicio a la Guerra de la Reforma.

    Salado Álvarez escribe: "He acometido la tarea de relatar en forma novelesca los episodios del gran movimiento reformista que cambió la faz de la República mexicana, porque tengo la convicción de que hay latente de ese periodo una gran fuente de inspiración para el artista, el pensador y el investigador. Comencé mi relación en el tiempo de la postrer dictadura de Santa Anna, porque de allí arranca la revolución de Ayutla, y porque en ninguna época de la historia mexicana se acentuarán tanto como en esa los vicios del régimen antiguo, que la Reforma destruyó por completo". (1)

   Y Salado Álvarez incluye dentro de su obra, conocida como Episodios Nacionales Mexicanos,  que es, como él mismo lo indica en su Advertencia, una novela histórica, la cual se divide en dos partes: La primera. Santa Anna a la Reforma, publicada en tres volúmenes en 1902. Y la segunda, La intervención y el imperio, publicada en cuatro volúmenes de 1903 a 1906. Justo en la primera parte, Tomo II, un capítulo dedicado a la Batalla de Salamanca (Digitalizado por la Universidad Autónoma de Nuevo León en dos secciones, una aquí, y la continuación aquí.) Mientras que Rojas Garcidueñas escribe un relato, incluido en la obra El Erudito y su Jardín, una recreación previa que titula En una fecha memorable.

   Ya para concluir todo esto de las coincidencias te comento una más, tanto el uno, Victoriano Salado Álvarez, como el otro, José Rojas Garcidueñas, trabajaron para el servicio exterior mexicano, en la Secretaría de Relaciones Exteriores, y sucede que el segundo escribe sobre el primero, eso lo puedes leer aquí.

Nota aclaratoria: Seguramente solo la gente de Teocaltiche entenderá la razón de esta última fotografía que incluyo, la de un chapulín, símbolo que los identifica con aquella leyenda que hay en torno al 11 de Noviembre y la Jura de la Virgen de los Dolores como su Santa Patrona.

Fuente:

1.- Salado Álvarez, Victoriano. De Santa Anna á la Reforma.  Tomo II. Memorias de un veterano. Establecimiento Editorial Editorial de J. Ballescá y Ca. Sucesores. México, 1902. Incluido en la Advertencia.