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martes, 14 de marzo de 2017

La leyenda de "La Mano Negra" del padre Marocho

  Sobre el padre Marocho hemos ya publicado una especie de semblanza de su persona, la puedes ver aquí. El fraile agustino es un personaje enigmático por esa suerte de cualidad adivinatoria -por decirlo de algún modo- que poseía. La leyenda de la Mano negra no la conocía, dí por casualidad pues fue creada en Morelia, como quiera, se hace mención de la estancia del padre en Salamanca. Me parece curiosa, es por eso que la transcribo completa que sea más conocida en nuestra región.

  “En una de esas noches de invierno en que llovizna y hace frío, en que rodean los niños la cazuela de los buñuelos comiendo anticipadamente de los que se quiebra, en que sólo están quietos si la abuela de cabeza blanca y ojos amorosos les cuenta algo de aparecidos, oí lo que a mi vez refiero. El padre Marocho, de cuyo nombre no puedo acordarme, era una celebridad en la vasta provincia de agustinos de Michoacán, distinguiéndose principalmente por sus virtudes  después por ser pintor excelente que cubrió de cuadros de indiscutible mérito artístico todos los conventos de la provincia; por ser orador consumado, que con sus sermones llenos de elocuencia y de unción conmovía profundamente al auditorio por distraído que éste fuese; por ser teólogo y canonista como pocos de gran memoria y aguda inteligencia. Por todo lo cual era uno de los primeros que asistían a los capítulos de su provincia. Por entonces había capítulo en el convento de San Agustín de Valladolid y los padres capitulares habían venido de las más remotas regiones de la provincia, y entre ellos el padre Marocho que residía de ordinario en el convento de Salamanca.

  La sala capitular estaba a la derecha del claustro románico situado junto a la iglesia bizantina. Una ancha puerta de medio punto abierta a la mitad del salón daba acceso a él. Casi frente a la puerta de entrada se erguía una tribuna tallada en nogal negro. En los cuatro tableros de enfrente en forma de medallones se habían esculpido a los cuatro evangelistas. En el respaldo que remataba en un tornavoz figurando una concha, estaba esculpido en el entro la imagen de San Agustín. Tanto en el pie como en los barrotes que encuadraban los tableros, había una rica flora retorcida y gallarda, que los maestros carpinteros de los pasados siglos desarrollaban en sus obras, haciendo gala de una imaginación, tan fecunda como bella, y de una habilidad nunca igualada ni mucho menos manejada para superar los instrumentos de tallar y esculpir en madera. En armonía con la cátedra o tribuna y a lo largo de los muros en dos galerías alta y baja se desarrollaba una doble sillería de asientos giratorios labrada también en nogal negro. Cada silla era un prodigio de talla, teniendo en el respaldo esculpida la imagen de un santo de la orden.

  "En uno de los testeros se levantaba sobre una plataforma el trono del provincial y en el otro había una preciosa mesa cuyas patas eran garras de león, sobre la cual destacaba un crucifijo de cobre dorado a fuego, en medio de dos candeleros con sus cirios y un atril de plata cincelada para los santos evangelios. De la bóveda de cañón pendían tres arañas de cobre dorado a fuego cuajadas que iluminaban el salón con una luz tenue y dorada. Sobre los muros colocados a iguales distancias había colgados varios retratos de personajes prominentes, religiosos de la provincia de Michoacán, como lo era el del apóstol de la Tierra Caliente, de fray Diego Basalenque, de fray Alonso de la Vera Cruz sentado en su cátedra dando clase a varios discípulos, entre ellos al inteligente y aprovechado joven don Antonio Huitzimengari de Mendoza, hijo del último emperador de Michoacán, Calzonzi.

 Siempre el padre Marocho, por su antigüedad en la orden y por los cargos que en la misma desempeñaba, tenía el segundo lugar después del provincial en el capítulo y se sentaba en el primer sitial a su derecha. No había discusión en que no tomase parte ya suministrando datos históricos, ya recordando cánones, ya citando autoridades filosóficas y teológicas, ya discurriendo de modo que sus palabras eran escuchadas con verdadera sumisión y sus sentencias eran decisivas, influyendo grandemente en los resultados del capítulo, en donde se decidían cuestiones de capital importancia para la provincia y para la orden. Por tanto, a pesar de que en lo general el padre Marocho tenía una vasta erudición, sin embargo, mientras duraba el capítulo, estudiaba en su celda o en la biblioteca del convento hasta las altas horas de la noche.

  La biblioteca próxima a la sala capitular y en comunicación con ella, era también un gran salón abovedado circuido de una estantería de oloroso cedro que contenía cerca de diez mil volúmenes sobre todos los ramos del saber humano de entonces apare, de los nunca bien ponderados manuscritos relativos a las misiones e historia de los michoacanos. En el centro mesas de roble sobre las cuales había atriles y recados de escribir, tinteros de talavera de Puebla y plumas de ave.

  Allí estaba una noche el padre Marocho. El silencio más profundo reinaba en aquel recinto donde el hombre del presente entabla pláticas con los hombres del pasado; en donde el genio se comunicaba con el genio; se borra la noción del tiempo penetrando en las puras regiones del espíritu, echa a un lado la materia; en donde las pasiones callan y se doblegan ante la razón, su reina y señora. De repente el padre Marocho, según lo cuentan papeles viejos de aquella época de duendes y aparecidos, notó un ruido extraño a su lado, vuelve el rostro y ve que una mano negra cuyo brazo se perdía en las tinieblas, tomando entre sus dedos la llama de la vela, la apagó, quedando humeante la pavera. Con la mayor tranquilidad y presencia de ánimo dijo al diablejo: “Encienda usted la vela, caballero”. En aquel momento se oyó el golpe del eslabón sobre el pedernal para encender la yesca. Ardió la pajuela exhalando el penetrante olor del azufre y se vio de nuevo que la mano negra encendía la vela de esperma.

  -Ahora para evitar travesuras peores, con una mano me tiene usted en alto la vela para seguir leyendo y con la otra me hace sombra a guisa de velador, a fin de que no me lastime la luz.

  Así pasó. Y era de ver aquel cuadro. El sabio de cabeza encanecida por los años, los estudios y las vigilias, inclinado sobre su infolio de pergamino. A su lado dos manos negras cuyos brazos eran invisibles, una deteniendo la vela de esperma amarilla y la otra velando la flama. La luz apacible reflejándose sobre el busto del padre Marocho le dibujaba en el ambiente con este claroscuro intenso de los cuadres de Rembrandt, que tanto estiman los artistas.

  Vino la madrugada con sus alegrías. Aunque tenues, pero llegaban hasta aquel retiro los cantos de las aves que saludaban a la rosada autora desde las ramas de los fresnos del cementerio. Por los ojos de buey de la biblioteca comenzaban a penetrar dudosamente los primeros rayos del Sol. Entonces como ya no era necesaria la luz de la vela, exclamó el padre Marocho: “Pues bueno. Apague usted la vela y retírese, si necesito de nuevo sus servicios, yo le llamaré”. Entretanto que el padre bostezaba, restregándose los ojos, se oyó un ruido sordo de alas que hendían el aire frío y húmedo del nuevo día.

  No tardó en concluir el capítulo, quedando arregladas todas las cuestiones que hubo para convocarlo. Con todo, el padre Marocho se quedó en el convento a descansar por algunos días más. Vivía en una celda que termina en un ambulatorio que va de oriente a poniente iluminando en el centro por una cúpula con una linternilla. La celda era la última del poniente a mano izquierda con su ventana para la huerta del convento. Desde allí, como en un observatorio, contemplaba aquel artista un espléndido panorama. Las desiguales azoteas de las casas de aquel barrio, la loma de Santa María y el cerro azul de las Ánimas, sirviendo de fondo al paisaje. Como en estos días pasaba el Sol por el paralelo de Valladolid, al ponerse su disco rojo antes de ocultarse tras las montañas se asomaba curioso en el cañón aquel, tiñendo de rojo los suelos, los muros, las bóvedas, los marcos de las puertas de las celdas, las imágenes de piedra colocadas en sus hornacinas, produciendo unos tonos nacarinos y unas transparencias admirables. El padre Marocho quiso pintar aquellos juegos de luz, aquellos muros envejecidos tiñéndose de arrebol y mientras el Sol no pasó del paralelo se sentaba frente a su caballete con su paleta en la mano izquierda y su pincel en la derecha, y cuando menos acordaba, aquella mano negra le presentaba los colores y los pinceles que necesitaba para manchar su tela.

  Una noche, víspera de su partida del convento, al ir el padre Marocho a recogerse, vio en cierto lugar de la celda la misma mano negra que apuntaba fijamente. Él no hizo caso, porque ni tenía ni podía tener hambre de tesoros. Cerró sus ojos y se durmió.

  Después de muchos, muchísimos años, un pobre, habitando la misma celda y de un modo quizá casual, o más bien sabiendo esta leyenda que había visto en los papeles viejos del convento cuando era novicio de la orden de San Agustín, se halló un tesoro en el mismo lugar apuntado por la mano negra.

  Como me lo contaron te lo cuento. (1)

Fuente


Leyendas… de Valladolid, hoy Morelia. En Álvarez, José Rogelio. Leyendas Mexicanas. Tomo 2. Editorial Everest. León, España. 2004. pp 553-558

viernes, 3 de febrero de 2017

La “otra” leyenda del Señor del Hospital de Salamanca

   Parece increíble que haya sido en la Biblioteca de la Universidad de Princenton (Dei sub nomine viget «Bajo el nombre de Dios florece»), en su Seminario de Teología en donde haya encontrado esta otra leyenda que trata de darle sentido a la llegada de la imagen a nuestra población. Varias cosas llaman la atención, una que nuevamente se refieran a un “viejo manuscrito” en la sacristía del templo de Nativitas, otra que no mencionen ningún hecho milagroso que la haya convertido del blanco al negro y que se mencione un pueblo próximo a la ciudad de México del que nunca había oído hablar, Cárdenas, y que se le dé el nombre de Preciosa Sangre de Cristo. Este dato me remite a una interesante pintura de “devoción” que existe en el templo Expiatorio, quizá la leyenda que ahora vemos se tejió en torno a éste lienzo que fue ejecutado en 1801.

   El personaje central de la leyenda lleva por nombre Cristóbal, que nos remite a Christóforos, nombre antiguo de ese santo que forma parte de la Leyenda Dorada, una especie de catálogo de santos (hagiografía) que incluía a los más “famosos” de la Edad Media. Christóforos se traduce como “el portador de Cristo” de ahí que no nos sorprenda que quien creó la leyenda lo haya usado. Me sorprende que ubique la parte intensa del relato en la Hacienda de Marigómez. La puntillada final del escrito que estás por leer es cuando menciona que los Cristos, eran dos imágenes, fueron pintadas de negro.

   “Allá por los años 1581 vivía en el pueblo de Cárdenas, cercano a la ciudad de México un piadoso hombre llamado Juan Cristóbal, gran devoto del Santo Cristo bajo la advocación de la Preciosa Sangre de Cristo que era adorado grandemente en el lugar. Un día que el Cabildo de la Ciudad de México venía rumbo al norte del país, Juan Cristóbal desapareció del pueblo, y al día siguiente, con gran asombro del vecindario, la santa imagen del Cristo no estaba en su altar. La tradición dice que la imagen era de la propiedad de Juan, pero el hecho es que el mencionado Cristóbal sacó la imagen del templo y la trajo consigo acompañando al Cabildo hasta San Juan del Río.

  Las autoridades civiles y eclesiásticas del pueblo de Cárdenas, entre tanto, justamente alarmadas, convocaron al vecindario y determinaron que tres personas salieran en busca del santo crucifijo y que no regresaran hasta no encontrarlo, por lo tanto, s pasados tres años no volvían, los darían por muertos. El párroco dio a los comisionados la bendición, se les rezaron responsos y se tocaron dobles a la hora de su partida.

   "Tenía cuatro años de instalado Juan Cristóbal en San Juan del Río cuando supo que los vecinos de Cárdenas, venían en su persecución y entonces, tomó la imagen a cuestas y se trasladó a Santiago de Querétaro, y a los cuatro meses volvió a informársele que sus perseguidores se acercaban a esa población, y ésta vez, caminó con su Señor más lejos hasta llegar a San Miguel el Grande donde duró un año. Pero los incansables vecinos de Cárdenas le seguían la pista.

  "Sabedor Juan que ya llegaban a San Miguel, se fue a las Cañadas de Landín, jurisdicción de Salamanca, durando en este punto tres meses, pero la persecución seguía y tuvo que cambiarse a Marigómez donde ocultó a la imagen en una cueva, que todavía es conocida por el nombre de la Cueva del Señor del Hospital, lugar que dista 5 leguas de Salamanca, durando en ese escondite muchos años, hasta que por fin aquellas infatigables tres personas que lo buscaban dieron con él. Una vez que se encontraron con Juan Cristóbal, éste les dijo que la sagrada imagen no podía volver a Cárdenas, pero que fueran a aquel lugar y trajeran al maestro que la había hecho, para que hicieran una igual y la llevaran a Cárdenas para que los vecinos quedaron contentos.

  “Se fueron dos de aquellos quedando uno al lado de Cristóbal, regresaron al poco tiempo con el maestro, quien duró seis meses para hacer la copia del santo Cristo, pues trabajaba únicamente los viernes, dice el manuscrito.   Una vez terminada la pintó de negro, la pintó a mano cubriendo las dos imágenes para que se secaran y librarlas del polvo, no sabiéndose a punto fijo, cuál de las dos quedó en Marigómez.

 "Ya sin pendiente, el Señor crucificado tenía más culto y al poco tiempo hizo el milagro de volver la vista a un ciego, y haciendo muchos de éstos y muy patentes a los vecinos del Real de Minas de Santa Fe de Guanajuato, éstos señores hicieron gestiones para llevarse la milagrosa imagen a aquellos lugares.

   “Una viejecita ciega e inválida, escuchó estos preparativos en Salamanca y casi a rastrándose se encaminó a Marigómez a dar la noticia a Juan Cristóbal; la anciana en el camino sanó de la parálisis y de la ceguera. Inmediatamente que supo la noticia, Juan Cristóbal trasladó a su Señor a Salamanca, ocultándolo en San Juan de la Presa, y entonces todos los vecinos de Nativitas, unidos con los del Gobierno de Indias quisieron, llevados por la fe, que se colocara la milagrosa imagen en el templo del hospital que estaba edificado en la Villa de Salamaca, donde se le rendiría culto y no permitiría que lo sacaran los de Guanajuato.

  Juan Cristóbal seguía acompañando a su idolatrada imagen y al ser colocada en el altar dijo que el santo Cristo sería venerado con el título de la Preciosa Sangre de Cristo del Hospital de Salamanca y manifestó también que su voluntad y pedimento era que al morir, su cuerpo fuera colocado a los pies del Divino Redentor. A los cuatro meses exactos, murió Juan Cristóbal, y se cumplió su voluntad. Estos datos están tomados de un manuscrito que tiene 66 años (1895), y que fue legado por sus antepasados al Sr. Presbítero D. Francisco Soto.

  “Se dice también que se venera dicho santo Cristo desde tiempos de don Vasco de Quiroga y que cuatro siglos estuvo en la capilla del Hospital que en Salamanca mandó construir este virtuoso Obispo de Michoacán, por lo cual se le conoce con el nombre de El Señor del Hospital de Salamanca.

  Es uno de los más taumaturgos en el centro del país, pues apenas si hay persona alguna a la que no se le haya hecho algún favor o maravilla. Sus festividades se celebran el martes Santo y constituye toda una romería de los pueblos vecinos y una fiesta tradicional donde se compran las charamuscas más sabrosas del centro de la República. Su templo es ahora uno de los más hermosos y el Cristo tiene un altar mayor precioso, retablo en cantera regional, y existe el proyecto de pedir su elevación a la categoría de Basílica Menor. Su torre es esbelta y de elegante arquitectura moderna, en su interior existen frescos de bello colorido y de no escaso mérito con motivos de la pasión de Cristo, la capilla de las Tres Caídas posee frescos de un extraño dibujo y raro colorido que parecen ser copiados de una vieja Biblia Sajona. (1)”

Fuente:

1.- Ojeda Sánchez, José de Jesús. Cristos de México. Dentro de la revista Cristo Rey en México. No. 11 y 12, Año VIII, Vol. VIII. León. Nov. Dic. 1961.

jueves, 10 de noviembre de 2016

La leyenda de la aparición de San Martín en Terreros, Guanajuato

  Estamos en la víspera de San Martín, Obispo, de Tours, Caballero, cada quién le da el "apellido" que gusta, al final es el mismo y ocurre que por acá, en el Bajío, al norte de Salamanca y Santa Cruz esta noche será noche de vigilia pues -me cuentan- hay la tradición de jinetes, auténticos caballeros que andan arriba de sus cuacos en la diaria labor o en el entretenimiento dominical y hoy la fe, que mueve montañas, también mueve a los jinetes que esta noche irán en procesión y con antorchas para llegar hasta el santuario de San Martín Caballero en El Terrero, municipio de Dolores Hidalgo, Guanajuato. Y esta es la leyenda que hay en torno a la veneración del santo en ese lugar.





Fuente:

martes, 8 de noviembre de 2016

La Leyenda de la Reliquia de San Agustín

  Varias veces lo he dicho, lo haré una vez más, las leyendas no me gustan, regularmente son repetitivas, regularmente ocurren en la noche, con fantasmas, almas en pena, ruidos de cadenas, rechinidos, incluso risas. En cuanto a los "relatos piadosos" la gran mayoría cuenta de la llegada de unos personajes, normalmente humildes, que piden hospedaje por una noche y al día siguiente desaparecen dejando una imagen que, cuando la quieren mover de lugar está pesada y no se puede trasladar a ningún punto. Eso en cuanto a la anécdota que cuentan. Lo que no me gusta es que muchas personas lo asumen como un hecho histórico sin tener en cuenta que es una leyenda, es decir, un cuento.

  Me parece curioso que una leyenda de Salamanca sea contada en Celaya, y será bueno hacer algunas puntuaciones. Los retablos fueron creados por Antonio de Elejalde, entalladores de antigua tradición, su historia la puedes ver aquí. En cuanto a los retablos de crucero, estos vienen del taller de Pedro José de Roxas, aquí está su historia. En cuanto a las reliquias, son varias las que hay (o hubo) en Salamanca, la mayoría en el templo de San Agustín, el listado está aquí. Así que, ahora pasemos a la leyenda, ojo, leyenda:




Fuente:

Leyendas Mexicanas. Antología. Selección de José Rogelio Álvarez, Editorial Everest. León, España. 2004. pp. 427-431

viernes, 4 de noviembre de 2016

Leyenda de La Cruz de Culiacán

   La leyenda es de la pluma de Luis González de Obregón, originario de Guanajuato capital que emigró a la ciudad de México para su formación académica y allá se quedó. Fue nombrado Cronista vitalicio de la capital del país y creo que a Don Luis se le confundieron un poco las cosas pues ubica "la Charca" entre Celaya y Salamanca, siendo que estaba entre Salamanca e Irapuato. Como quiera, la leyenda que nos narra, que es una mezcla de Llorona y Mujer Dormida, es interesante:






jueves, 9 de abril de 2015

Un mezquite con historia, en Valtierrilla, municipio de Salamanca.

    “Hubo en el patio de la escuela Mariano Matamoros hasta el año de 1964 un vetusto mezquite, ligado a un hecho trágico, asentado en los anales de Valtierrilla. Decía un jocoso maestro que, bajo ese mezquite el caudillo insurgente Andrés Delgado había llorado los desdenes de Tomasita Esteves, la noble heroína de la independencia. Pero esto no pasaba de ser más que un grosero chascarrillo del gárrulo maestro. Lo cierto es que en ese mezquite el pueblo justiciero ejecutó la sentencia, dictada por la necesidad y el derecho a la legítima defensa. Es el caso que durante los aciagos días de la Revolución, el pueblo entero estaba a la merced de maleantes y bandoleros, pues no había , ni justicia que lo contuviera, poniendo orden en la comunidad, y la vida se tornaba intolerable, y la gente vivía entre temores y sobresaltos. 

   Los malhechores asolaban impunemente al pueblo, entrando las casas sin que nadie los detuviera y llevándose hasta los chiles y el nixtamal. Y a las personas que se oponían o se negaban a entregar lo que se les exigía, les propinaban tremendas palizas. La gente vivía atemorizada, sin saber qué hacer o a quién recurrir en demanda de protección. Llegó a tanto la osadía de los maleantes y se tornó tan intolerable la situación, que el pueblo decidió poner fin a tantos desmanes, haciéndose justicia con su propia mano. Una noche del año de 1914, los vecinos del pueblo salieron decididos a enfrentarse a los malhechores, a los que sorprendieron cuando intentaban asaltar algunas casas. Al verse sorprendidos los bandoleros, huyeron despavoridos antes la decidida actitud de la gente, sin embargo uno de ellos no tuvo la suerte de escapar y calló en manos del pueblo enardecido, que de inmediato lo llevó al pie del mezquite que se hallaba en lo que posteriormente fue el patio de la escuela Mariano Matamoros. Se trataba de colgarlo allí. 

  Allí no valieron súplicas ni lamentos, ni arrepentimientos tardíos, el pueblo necesitaba poner un escarmiento a tanto maleante y cumplió la sentencia que él mismo había dictado, colgando al facineroso de aquel mezquite. Allí murió aquel desconocido malhechor y balanceándose, suspendido de una rama del mezquite, que la justicia tomada por todo el pueblo, al estilo de la Fuenteovejuna, la obra teatral del célebre dramaturgo español, el inmortal Lope de Vega. Y los habitantes de Valtierrilla bien podían contestar a las autoridades lo que los de Fuenteovejuna contestaban al enviado del Rey, quien les interrogaba sobre quien había cometido aquel asesinato, y ellos respondían: -Fuenteovejuna, Señor.

  Es decir fue la justicia que el pueblo entero cobró por su propia mano, allí donde nadie osaba defenderlo. Tal fue el hecho real, ligado a ese mezquite que se levantaba en el patio de la escuela. En el año 1964, el Dr. Aurelio Sánchez Pérez, presidente municipal de Salamanca, ordenó que se derribara ese mezquite para mejorar el patio de la escuela, en ocasión de la visita que el Lic. Juan José Torres Landa, gobernador del Estado, hizo a ese plantel para inaugurarlo, el 23 de diciembre de ese año. Así concluyó su existencia el mezquite del patio de la escuela Mariano Matamoros”. (1)

  Curiosa es la historia que transcribo de una de las ya legendarias Gacetas que un grupo de salmantinos, interesados en el rescate histórico de nuestra población, publicaban trimestralmente en los años ochenta del siglo XX, durante la administración del presidente municipal Víctor Deschamps. En esta historia, revestida de un poco de leyenda, escrita por el Cronista de Valtierrilla, Aurelio Méndez Sánchez, encuentro varias referencias interesantes, todo en torno a un árbol de mezquite.

   Luego de estudiar los hechos ocurridos en la región durante 1814, año en que fue fusilada Tomasa Esteves, sabemos que era justo en Valtierrilla en donde había un numeroso grupo de insurgentes, que asaltaba la conducta que venía de Guanajuato y seguía a México, para ello se ocultaban en “el bosque” que había en Valtierrilla, bosque de mezquites, habrá que aclarar. Hay un episodio en el que, efectivamente, Andrés Delgado es el protagonista, junto a un mezquite, pero no en Valtierrilla, sino en el rancho del Divisador. Lo más interesante que encuentro es el que se haga referencia de Tomasa Esteves, ya que ocurrió justo en Valtierrilla la detención de los insurgentes “seducidos por una bella mujer”. 

   Todo esto lo ligo a otro personaje salmantino, el más distinguido, sin dudas, Rojas Garcidueñas. Él escribe en sus Recuerdos de mi tierra guanajuatense algo sobre el relato del Señor del Hospital, que igual aplica para este relato sobre la llamada “Capital mundial del nopal”, Valtierrilla, y dice: “… que contiene muchas referencias e información de tal época, (…) de manera que los de tal relato no deben ser menospreciados, por el contrario, resultan sumamente apreciables”. (2)

Fuentes:

1.- Gaceta de la crónica e historia de Salamanca. Número 7. Salamanca, Octubre de 1987, p.6

2.- Rojas Garcidueñas, José. Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense. Edición Comentada. Raíces. Salamanca, 2014. p.12

jueves, 29 de enero de 2015

La Virgen María del Socorro del Puente, en Salamanca, Guanajuato.

    Muchas han sido las ocasiones que lectores de este blog me han preguntado sobre leyendas de Salamanca, y sobre los túneles que, se dice, construyeron los agustinos, llegando a la exageración de que uno de ellos pasa por debajo del río Lerma. Los temas de leyendas no son de mi agrado, pues, regularmente están asociadas a muertes y a espíritus en pena, eso lo oigo cada domingo en la Hora Nacional, en el que, inevitablemente comentan una leyenda en la que, invariablemente hay un aparecido, un llanto, un ser vestido de negro, un fraile o sacerdote y ruidos extraños. En cambio, cuando los relatos se sustentan en hechos reales, en costumbres del pasado, en evidencias físicas, esa posible leyenda da el brinco de ser un relato popular a un documento histórico. Creo que eso es precisamente lo que ocurre con algo que hay en Salamanca y que no se ha estudiado y difundido adecuadamente.

    Sabemos bien que las calles que llevan por nombre Hidalgo y Morelos, adquirieron esos nombres como consecuencia a las Fiestas del Centenario, en las que, por orden del Gobierno Federal, las principales calles de cada población debían recordar los nombres de los principales caudillos de la Independencia. En Salamanca no solo se hizo memoria a los dos héroes mencionados, también ocurrió con Mina, Guerrero, Aldama, Allende, Abasolo y varias más. Ya antes se había puesto el nombre de los héroes locales a las calles en donde se pensaba habían vivido, así surgieron las de Tomasa Esteves, Albino García y Andrés Delgado, cosa de dudar, pues, ni Albino ni Andrés vivieron en la villa, sino en sus respectivos ranchos. Como quiera, se les recuerda a todos ellos. Habrá que puntualizar que la Hidalgo-Morelos antes se llamaba Calle Real, por ser ese el paso del Camino Real y la de Abasolo llevaba por nombre la de Carreras o Carretas, por ser allí en donde, durante la feria anual, se corrían las carreras de caballos.

    Sabemos también de la abundancia que hubo de agua en todo el Bajío, especialmente en el valle de Santiago y en el valle de Salamanca, tanta era el agua que se formaba una laguna o ciénaga cada temporada de lluvias, se le conocía con el nombre de La Charca y llegaba a ser tan grande que el Camino Real en su tramo de Salamanca a Irapuato se anegaba, quedaba la alternativa del Camino Real con rumbo norte, el que seguía por la calle Cazadora y enfilaba rumbo a Temascatío y de allí a Guanajuato. El Camino Real al salir de Salamanca en dirección poniente cruzaba un arroyo, por lo que hubo la necesidad de construir un puente. Esa era una de las goteras, como entonces se le llamaba a los límites de las poblaciones. Y en ese puente ocurría de todo, tanto robos, como asaltos, como que era el sitio de recreo de los pobladores, y la venta de limas, cosa que abundó, hace ya tiempo, en las huertas de la localidad.

    Con todos estos antecedentes pasamos a la leyenda que, por estar bien sustentada, la podemos considerar como historia, una de las tantas que hay en Salamanca y que es indispensable rescatar, documentar y difundir. Antes de pasar a ella, será bueno saber que una de las tradiciones que los evangelizadores en México dejaron fue la añeja de las cruces de humilladero, usadas en la España medieval y adoptadas en el México virreinal, elemento que se incluye en el relato y que nos da detalles más precisos de las añejas tradiciones ya perdidas en todo el país. Y la historia dice que:

    "Corría el año de 1881 cuando la imagen fue regalada por el fraile agustino Marcelino Lozano. Depositada en un farolito labrado en cantera; la imagen estaba pintada en una lámina de cobre junto al Puente del Socorro, el lugar lo llamó la gente como "El Humilladero". El puente estaba construido de piedra y tepalcate, por abajo tenía dos túneles por los que corrían el arroyo de San Antonio que desembocaba en el río Lerma y por el otro túnel corría el arroyo de Temascatío, este lugar lo escogieron los agustinos porque ocurrían muchos asaltos en el puente por ser éste un lugar estratégico para asaltar la diligencia que salía de Salamanca hacia Irapuato, además de los transeúntes que continuamente lo utilizaban. Este era el paso normal del Camino Real y se dice que gracias a la imagen de la Virgen del Socorro disminuyeron en gran parte los delitos que allí se cometían. El más célebre bandido que merodeaba por la zona, junto a sus cómplices se apodaba "El Tuerto".

   "Alzando nubes de polvo y armando gran estrépito con sus cascabeles, el restallar del látigo y las roncas voces del mayoral y el mulero de la diligencia de Guanajuato anunciaba su llegada a la villa, moderaba su rápida carrera y poco después cruzaba el puente del Socorro donde se congregaba una turba de muchachos que le gritaban a los ocupantes de la diligencia pidiéndoles alguna moneda o una golosina, donde hoy es la calle de Morelos y enfrente de la Casa del Rastro, quedaba el Puente del Socorro. Junto al puente en ambos lados había varias huertas de limas así como jacales, la gente acostumbraba pasear por este rumbo en las tardes, compraba limas, mientras que los muchachos cortaban carrizos para jugar.

   "Conforme la ciudad fue creciendo al poniente quedó el arroyo de San Antonio en parte del centro de la ciudad con sus aguas cenagosas se estancaban con mucha facilidad, es por eso que tuvo que desviarse el curso llevándolo hasta donde se vaciaba en la Charca, con el tiempo, debido a ese desvío hacia el norte de la población, hubo la necesidad de construir otro puente, el Pinto, esto debido a que se hizo el tendido de vías para el Ferrocarril Central Mexicano. Fue entonces que se derribó el Puente del Socorro, manos piadosas retiraron la imagen del farolito quedando en custodia por los vecinos del lugar, es por eso que se mantuvo la veneración a la Virgen del Socorro del Puente pues era depositada en las pocas casas que había en la zona, de allí fue que se desprendió el mote de "La Peregrina".

   "La fiesta, en aquellos tiempos, empezaba con un recorrido de ocho días con banda, anunciando la llegada de la fiesta, el día 3 de agosto se ofrecía la cera escamada a la virgen, había carreras de caballos, de las llamadas pollos, mismas que se desarrollaba, manteniendo la añeja tradición, en la calle que hoy conocemos por Aldama, y, así con el tiempo, hubo alguien que se preocupó por hacer una capilla, fue hasta 1971 cuando don Jesús Sánchez, con la ayuda del barrio empezó a edificar la capilla que se terminó en 1976, fecha de su inauguración. Hasta 1995 se regía por Mayordomías, hoy en día es un comité el que se encarga de hacer los preparativos de la fiesta en su honor."

    Esta es la calle Morelos, al fondo, del lado izquierdo, que es el sur, está el Parque Xidóo, es allí en donde se localizaba, anteriormente, la Escuela Hidalgo, que antes de ser escuela fue la Casa del Rastro, y era por allí que se localizaba el Puente del Sorcorro.

   Ha pasado mucho tiempo y la tradición sigue, la tradición de festejar, el 3 de agosto, a la Virgen del Socorro del Puente, aquí, en Salamanca, Guanajuato.

   Para los años cuarta fue que se pavimentó este tramo, es decir, todo lo que fue el Camino Real, para dar paso a la Carretera Federal 45, la llamada Panamericana, los restos del puente, dicen por ahí, aparecieron cuando se hicieron trabajos en algunas de las casas de por el rumbo. Lo que veo aquí además de una bella historia es una gran coincidencia, pues, como bien lo sabemos, en la administración municipal actual 2012-2015, se está construyendo un nuevo puente, sobre el Río Lerma muy próximo a lo que fue el Puente del Socorro.

   Yo propongo que, para el rescate de la Historia de Salamanca, este puente que está en construcción se llame: Nuevo Puente del Socorro, eso aumentará aun más nuestra identidad. Y sería, en buena medida, un recuerdo a que en este año de 2015 estaremos conmemorando, el 26 de Mayo, el 400 Aniversario de la fundación del Templo y Convento de San Agustín, ese que le ha dado tanta fama a Salamanca.

Nota: Encontré en copias fotostáticas el relato que aquí transcribo, en el cual he hecho algunas correcciones en cuanto a la sintaxis para hacerlo más lógico y darle mejor sustento. En una copia no aparece nombre de ningún autor, en la otra, que en realidad es el mismo texto, salvo el agregado de algunos nombres de las personas del comité, aparece como autor la señora María Josefina Rojas de Barrera.

jueves, 17 de julio de 2014

1834: el Federalismo en México y la creación de una leyenda en Salamanca, Guanajuato.

   1957 fue el año en que se tomó esta fotografía, corresponde a la esquina sur-oriente de las calles Obregón con Guerrero. Vemos que en una de las canoas llevan un colchón, eso me recuerda aquella tonadita de moda entonces, en la que se cantaba "pobre gente de Obregón, se quedó sin un colchón..." Pero aquí lo interesante está en lo que se había colocado, año atrás, en 1934, una placa. El local lo ocupaba, cuando se tomó la foto, la tienda de materiales para construcción La Paz, y la placa era la conmemorativa al primer centenario del nacimiento de Emetaria Valencia, fueron los ex alumnos de las escuelas que ella patrocinaba en Celaya, los que vinieron a colocar la placa en la que había sido casa de la familia Valencia Martínez, seguramente allí se encontraba la tienda en donde, se dice, don Patricio Valencia vendía los cigarros que fabricaba con el tabaco que compraba en Veracruz. Esa casa sería el escenario de unos acontecimientos que, al no estar debidamente documentados, los podemos clasificar como leyenda, una más en torno al origen de la fortuna de sus residentes que se volverían unos de los primeros industriales del estado de Guanajuato y uno de los primeros ricos del siglo XIX en Salamanca. Quien rescató este relato fue alguien que conocí y con quien mantuve largas e interesantes charlas: María Guadalupe Aguinaco.

 Realidad y misterio en torno a la fortuna de la familia Valencia.

   Allá por el año de 1833, en que el general Arista se pronunció y ocupaba la ciudad de Guanajuato, cuando el cólera grande, cientos de soldados cruzaban la ciudad de Salamanca. El convento de los agustinos se vio invadido por tropas y más bien se convirtió en hospital de las mismas. Dichas tropas eran del General y Presidente López de Santa Anna que iban precisamente al general Arista. "El mismo provincial estuvo a punto de ser una víctima del cólera, pues contrajo la enfermedad por contagio en el convento de Salamanca donde perecieron como dos mil soldados en sus claustros, tuvo él, con los demás padres que conferir a los moribundos los últimos auxilios espirituales y no se escapó a la enfermedad, pero sí milagrosamente de la muerte. Esto dice fray Angel Gasca y añade: "Fray José Marocho, pintó y frisó todo el claustro del primero y segundo patio, todo el antecoro, dormitorio y sacristía, de su propia mano y pincel para desinfectar todo el Convento del cólera morbus, de que estaba infestado con el ejército de seis mil hombres en la guerra contra Arista en el año de 1833".

   Pues bien, en ese tan citado año se llegaron a la casa del Padre Valencia, en la antigua calle de Carreras (hoy esquina de Guerrero y Obregón), un militar y seis soldados, preguntaron por don Guadalupe Valencia, entonces el capellán del templo del Santuario de Guadalupe. Sin más se metieron a la casa, de inmediato se presentó el capellán y el jefe del pelotón se dirigió al padre: "me han dicho que es usted persona honorable en quien puedo confiar. Voy de paso por este lugar, llevo mucha prisa. Urgeme dejar esto, y ante el asombro del padre, abrió un enorme cajón que los solados habían dejado en el suelo al llegar. Contenía el cajón ¿dinero? ¿oro? ¿alhajas? Nadie lo supo. Solamente el militar agregó: "Lo dejo a su custodia por un año. En esta fecha, si al cabo del año no regreso por él, todo es suyo". A una señal del jefe los soldados cavaron apresuradamente, enterraron el cajón y salieron.

   La sorpresa dejó al padre azorado. No lo podía creer. Sin embargo era verdad. Todo sucedió en un santiamén.

   La familia Valencia se hacía vivir de un pequeño taller de telares de mano, que tenían en su casa de la calle de Carreras. Contaba la familia con las siguientes personas: Doña Tecla, el Padre don Guadalupe, Don Patricio y doña Tula.

   Las consejas aseguran que el militar que visitó al padre don Guadalupe, no regresó al cumplirse el año que se impuso como plazo. Que doña Tecla y los demás hermanos convencieron al padre que sacara el tesoro después de seis años. Que el padre lo compartió con ellos equitativamente y que la industria de la familia Valencia prosperó.

   Hacia el año de 1840, doña Tecla hizo traer de Inglaterra la maquinaria de vapor y los telares que instaló en su propia casa (donde hoy se encuentra el teatro Juan Valle en la calle de Guerrero). Después en 1845 adquirió propiedades donde hoy se encuentra la fábrica de la Reforma en Salvatierra; y al casarse doña Tula con un señor de ese lugar, cambió la fábrica de Salamanca para Salvatierra.

   Doña Tula convirtió el edificio de Salamanca en Hospicio de pobres, dotándolo de lo necesario, cuyo establecimiento fue inaugurado por el Gobernador don Manuel Doblado.

   Don Patricio construyó su casa en la hoy esquina de Hidalgo y Zaragoza, encomendando la obra a don Francisco Eduardo Tresguerras, el tan discutido arquitecto de origen celayense.

   Don Patricio fue el padre de doña Emeteria Valencia. Ella fue benefactora insigne, fundadora y protectora de asilos y establecimientos de enseñanza en Salamanca, Celaya, Salvatierra, San Miguel de Allende, Soria, Etc. Casó con un empleado de su padre, el español don Eusebio González. Hábil hombre de negocios éste fue quien fundó las fábricas de hilados y tejidos en las ciudades donde su fundaba su cónyuge los asilos y escuelas.

   En el primer centenario de su natalicio, 2 de marzo de 1934, Celaya y los exalumnos de las escuelas de beneficencia colocaron una placa en el exterior de la casa donde nació doña Emeteria aquí en Salamanca, en dicha esquina sureste de las actuales calles de Obregón y Guerrero. La placa ya no está en su lugar. (1)

   Me parece muy interesante el relato que nos hereda Lupita Aguinaco, habrá que analizarlo. Primero, lo establece en 1833, con dos personajes centrales, el General Arista y otro general, Santa Anna. Históricamente lo que ocurría entonces en México eran los antecedentes que traerían por consecuencia el Plan de Cuernavaca, este plan se proclamó el 25 de mayo de 1834, pues ya desde  "1833 la iglesia se convirtió en el blanco de los ataques de los Liberales radicales, quienes cuestionaban el derecho que tenía el clero para poseer propiedades. (...) El 5 de junio se alzó Mariano Arista con el ejército que se le encomendó para batir a Durán. Su pronunciamiento iba en contra de las disposiciones del Congreso general y a favor de los fueros del clero y del ejército. Arista, incluso, criticó severamente al federalismo". (2)

   Vemos en la imagen el "cascarón" del que fuera Teatro Juan Valle, construido en el terreno en donde estuvieron, en algún momento, los telares de los Valencia. Otro punto, dentro de lo que podemos referir en un momento histórico, en lo local, nos lo ubica, con claridad, Rojas Garcidueñas: "A mediados del año de 1833 llegó a Salamanca la epidemia de cholera morbus que desde meses antes estaba asolando gran parte del país; en todo el Estado de Guanajuato fue terrible, en varios lugares tuvieron que destinarse, con premura, campos o lugares para nuevos cementerios porque lo existentes, que generalmente eran los atrios, pequeños o grandes, de las iglesias, no bastaban para el diario número de inhumaciones, y también se comprendió la inconveniencia de dar sepultura dentro de las poblaciones a tantas víctimas de una enfermedad notoriamente contagiosa. Por si fuese poco, sucedió que en Salamanca estaba un fuerte núcleo del ejército del general Santa Anna, que iba atacar en Guanajuato el movimiento rebelde del general Arista, la epidemia casi acabó con los soldados detenidos en Salamanca". (3) 

   Y ahora, lo que vemos, son las ruinas de la casa que funcionara como "Recogidas", levantada también en la que fuera propiedad de los Valencia y, en la misma obra de Rojas Garcidueñas, leemos más adelante una cita de Guillermo Prieto: "Fue en esa misma época, cuando estuvieron alternándose en la Presidencia de la República Valentín Gómez Farías y Antonio López de Santa Anna, en los años 1833 y 1834, cuando, como dice Guillermo Prieto: “empezaron a columbrarse ideas de reforma trascendental. Se hizo laica la instrucción pública, se proclamó un plan de estudios progresista y adecuado a las necesidades de la administración; se quitó al clero la coacción civil para el diezmo... medida altamente económico-política; se retiró también la coacción para los votos monásticos, dejando en libertad a los religiosos para que abandonasen los conventos; se reintegró a la nación en sus fueros respecto al Patronato a obispados y beneficios; se suprimieron la Universidad y el Colegio de Santos; se habló, con aplauso, de desamortización eclesiástica, abolición de fueros, etc., etc.; en puna palabra, en 1834 apuntó la reforma de 1857...” (4)

  Esta era la Casa de Recogidas, estaba en la calle Guerrero. Ahora analicemos las fechas que Lupita da, dice que corría el año de 1833, y que aquél personaje que dejó la caja misteriosa le dijo que luego de un año, si no regresaban, la caja sería de su propiedad, y que dejaron pasar prudentemente seis años, es decir, para 1839 o 1840 ellos abrían, hipotéticamente la caja y, lo más seguro, es que allí estaba un verdadero tesoro. Insisto, esto es una hipótesis. Los telares, ya como establecidos como una industria, reportan para 1844 su existencia, luego de (sigo suponiendo) cuatro años de haberse vuelto ricos los Valencia.

   Ahora bien sobre el padre José Guadalupe Valencia no veo que lo haya incluido Pedro González, el más acucioso historiador salmantino, en su obra, especialmente en la que no está firmada por él, pero todo indica su autoría por la estructura de la misma y el manejo de lenguaje, los Apuntes Históricos de Salamanca, que se encuentra en el Archivo Histórico local y que fuera publicada, dicen, en 1995. En cambio, Florentino López Lira lo menciona en su relato Misa Macabra incluido en su Salamanca Legendaria (5), pero esa es un relato solamente que no nos asegura la existencia de José Guadalupe Valencia.

   Al rastrear los documentos de la familia Valencia encontramos que José Ramón Trinidad de Valencia estaba casado con María Decidera Martinez. Tuvieron cuatro hijos: 1.- María Andrea Dolores, nacida el 4 de febrero de 1800, 2.- Patricio, nacido en 1802 y 3.- María Tecla Antonia Benita de Jesús, nacida el 3 de Septiembre de 1803. 4.- María Blasa Andrea, nacida el 4 de febrero de 1808. Me surge la duda si el padre José Guadalupe Valencia era hermano de Tecla y Patricio Valencia Martínez o qué grado de parentesco tenían. ¿Y Tula? ¿Cuál era el nombre completo de Tula?

   En cuanto a las propiedades, se mencionan la de la esquina de las actuales Obregón y Guerrero, en donde está la placa del centenario de Emeteria Valencia, Lupe Aguinaco dice que se llamaba Carretas la calle de Guerrero. Según documentos del Archivo Histórico de Salamanca (6), para 1864, la calle de Obregón tenía, aparentemente, por nombre el de Barroso, había solamente dos casas, una propiedad de Ramón Arredondo, la otra de la testamentaria de Agapito Escamilla. Las propiedades, todas a nombre de Patricio Valencia, estaban en la calles del Ángel (Guerrero) y de Victoria (Victoria); pero son registros de 1864, luego de veinte años, cuando los talleres textiles de De Valencia y Compañía habían sido desmontadas en Salamanca. 

   Y me surge otra duda en lo escrito por Lupe Aguinaco, menciona la casa diseñada por Tresguerras, esa sabemos bien cuál es, la apreciamos en la fotografía, pero más bien la que ellos tenían era en la acera de enfrente, en donde estuvo el cine Rex. 

   Dice el dicho que, "cuando el río suena es porque agua lleva". Y con esta son ya cuatro las versiones que hemos visto de esta cuestionada fortuna: la encontrada en la barranca de Metlac, la encontrada en una cañada (quizá la de Landín) por el rumbo de Santa Cruz de Juventino Rosas, la de una hacienda en Santa Cruz, más próxima a la población y ésta de ese cajón con cosas valiosas. La duda se acrecienta.

   Soy el primero en decir que merecería tener una mejor imagen de Lupe Aguinaco, lamentablemente es la única que dispongo de ella, al escribir este artículo y transcribir lo que ella escribió, recordé su mirada firme, esa que siempre mostraba al hablar de algo que le interesaba, Lupe nos regaló muchos de sus conocimientos, con gusto la recuerdo. De sobra sé que le hubiera gustado hacer una larga disertación sobre este y otros temas netamente salmantinos.

Fuentes:

1.- Aguinaco García, María Guadalupe. Gaceta de la crónica e historia de Salamanca, Gto. No.2. Julio-Agosto de 1986. p.3

2.- Olveda, Jaime. Jalisco y su primera experiencia federalista, 1825-1835. En: Práctica y fracaso del primer federalismo mexicano (1824-1835). Vázquez, Josefina Zoraida. Serrano Ortega, José Antonio. El Colegio de México. México, 2013. Edición electrónica. Sin paginación.

3.- Rojas Garcidueñas, José. Salamanca. Recuerdos de mi tierra guanajuatense. Editorial Porrúa. México, 1982. p.

4.- Prieto, Guillermo. Lecciones de historia patia. Imp. de la Escuela Correccional. México, 1896. p.337, citado por Rojas Garcidueñas en Salamanca. Editorial Porrúa. México 1982. p.

5.- López Lira, Florentino. Salamanca Legendaria. Cuentos y sucedidos. Edición del autor. 1934. pp.35-40

6.- Archivo Histórico de Salamanca. Padrón de los dueños de fincas urbanas en Salamanca. 1º de Diciembre de 1864. Caja: 84. Sección Gobierno.Serie Censos y Padrones. Exp.13