sábado, 28 de mayo de 2016

De fray Francisco Vitoria, Rojas Garcidueñas, Antonio Gómez Robledo y los derechos humanos

   En la pasada Feria del Libro en la Universidad de Guanajuato tuve la gran oportunidad de encontrar una publicación que pensaba me sería muy difícil de encontrar a no ser que fuera a la biblioteca especializada de la Facultad de Derecho de la UNAM. Se trata de un libro que haba de un personaje conocido y reconocido en Salamanca la de España, que tiene, incluso un monumento frente a su famosa universidad se trata del fraile dominico Francisco de Vitoria y el libro en cuestión fue escrito por un salmantino, de la Salamanca mexicana: José Rojas Garcidueñas. Pero no es un libro cualquiera, se trata de la reimpresión de su tesis de licenciatura en derecho, que presentó en 1938. Al hablar de una tesis de licenciatura que fue publicada como libro al poco tiempo y que, además se convertía ya en el segundo libro publicado por el autor es cosa memorable. Y si a eso agregamos el sentido de identidad y esa liga tan enorme que todos tenemos hacia nuestro lugar de origen, el tema merita verlo un poco más a profundidad. De Rojas Garcidueñas hemos publicado muchos artículos en este espacio, todos ellos relacionados directamente a Salamanca, lo que ahora hago es un tema relacionado directamente con el autor.

   Creo que el interés que despierta Francisco de Vitoria en Rojas comienza en un concepto acuñado hace varios siglos en España: la Escuela de Salamanca. "La expresión Escuela de Salamanca se utiliza de manera genérica para designar el renacimiento del pensamiento en diversas áreas que llevó a cabo un importante grupo de profesores universitarios españoles y portugueses, pero especialmente los teólogos, a raíz de la labor intelectual y pedagógica de Francisco de Vitoria en la Universidad de Salamanca. No cabe duda que el influjo de la Escuela se debió sentir en otras naciones, puesto que muchos de los componentes de la Escuela dieron clases en universidades de fuera de España". (Wikipedia).

   Siendo Rojas estudiante de derecho y apasionado de la cosa del siglo XVI (lo comprobamos en su estudio del teatro novohispano de ese siglo) seguramente el personaje le fue atractivo, más aun cuando existe el gusto por la historia y fue él, Vitoria, uno de los iniciadores de la defensa de los derechos que hora conocemos como Humanos. "Se preocupó por los derechos de los indios. Su obra De indis recoge las relecciones en las que expresó su postura ante el conocimiento de diversos excesos cometidos en las tierras conquistadas en América. En ella afirma que los indios no son seres inferiores, sino que poseen los mismos derechos que cualquier ser humano y son dueños de sus tierras y bienes. Este fue el inicio del Derecho de gentes". (Wikipedia).

  Ya con estos antecedentes podremos comprender cabalmente lo que una de las plumas privilegiadas de la inteligentia (del latín, intellegentĭa) mexicana, Antonio Gómez Robledo escribió sobre Rojas Garcidueñas:

  “Salvo muy contadas excepciones, las tesis profesionales (las de licenciatura por lo menos y en nuestro medio enano) son por lo común de lo más efímero, y aun las escritas por aquellos que luego se revelarán como grandes escritores. Se hacen estos panfletos a mas no poder, para salir del paso y cubrir el expediente, cuando lo que premia es salir a la plaza pública, con el título en la mano, a disputarle el pan a quien se nos ponga enfrente, o arrasar con él ¡tanto mejor! en este país famélico y caníbal. Si no hemos escrito la picaresca, la vivimos, y la obtención del título profesional es uno de sus capítulos mejor logrados.

  No así, por el contrario, la tesis profesional de José Rojas Garcidueñas, cuya madurez como pensador y como escritor era manifiesta  El teatro de Nueva España en el siglo XVI, obra publicada tres años antes de la tesis jurídica que hoy se reimprimen, es decir cuando su autor contaba con apenas 23 años. José Rojas Garcidueñas no escribió jamás por escribir, por salir del paso o por cubrir el expediente, escribir fue para él como para todo escritor de raza un acto litúrgico, un acto que se consuma, como un sacramento, con unción y sabiduría. Así, puntualmente, en este trabajo que hoy revé la luz al cabo de casi medio siglo, y en el que salen las cualidades de jurista, historiador y hombre de letras que distinguieron siempre a Rojas Garcidueñas. Porque el autor, al ubicar la figura de Vitoria dentro del marco histórico correspondiente, se pasea con gentil desenfado, y muy a gusto del lector, por aquella época tan movida, tan única y de tanto colorido, que fue el renacimiento español e italiano. Pero luego de este brillante paseo, el autor se concentra en el análisis de las relaciones vitorianas y es así en donde la tesis de Rojas se nos presenta en toda su originalidad renovadora. Trataré de explicarlo.

   No tengo la pretensión de conocer toda la bibliografía vitoriana, ni siquiera la de tener noticia en su totalidad, pero tengo la impresión de que fue México, entre los países hispanoamericanos, el que tomó la vanguardia, dentro de esta comunidad racial y cultural, en estudios vitorianistas. La glorificación del maestro salmantino había comenzado, naturalmente, en España, de donde irradió al continente europeo y luego Norteamérica, con los notables trabajos de James Brown Scott, a los que acompáñala por los mismos años, las investigaciones mexicanas, a la cabeza de ellas el memorable curso sustentado en la Escuela Libre de Derecho por el maestro Esquivel Obregón sobre las Relecciones de Indis. A quienes, como yo, pudimos oírle, o a quienes lo leyeron después, nos dejó marcados para siempre con el sello vitoriano.

   Vitorianistas fuimos, en la joven generación de entonces, Rafael Aguayo Spencer, José Rojas y yo mismo, y lo que tuvimos que decir sobre Vitoria fue apareciendo sobre 1937 con la tesis de Aguayo, luego con la de Rojas en 1938, y con mi libro, por último, publicado en 1940, pero escrito en 1939, en el cuarto centenario de las Relecciones de Indis. Vitoria fue así, por tanto, un vínculo más entre nosotros tres en aquel trío fraternal, en cuya amistad recíproca no se interpuso jamás ninguna nube de incomprensión o discordia. Ahora que han muerto ellos, con otros amigos tan dilectos, pienso que soy, por breve tiempo, como la espiga solitaria del poema de Heiné, que el cegador pasó por alto, quien sabe por qué, al meter su guadaña mies madura para el corte.

   Volviendo a Rojas, después de este paréntesis sentimental (porque en esta edad se escribe también con el corazón) su originalidad consiste, entre los vitorianistas de aquel momento, en haberle sacado todo el jugo al célebre fragmento Temperantia (que el dominico Beltrán de Heredia acababa por entonces de exhumar) y en el que enseña a Vitoria que si por acción bélica de españoles desisten los indígenas de sus prácticas inhumanas (antropofagia y sacrificios humanos) no es lícito pasar delante y hacerse de sus tierras y sus bienes: non licitum est ultra progredi, nec bona eorum aut terras occupare. Una cosa era la intervención de humanidad para extirpar aquellas prácticas bestiales, y otra la conquista como título adquisitivo de soberanía, y esta  no se justifica si por la sola intervención se ha alcanzado al fin perseguidos.

  Por algo llevamos los mexicanos en la sangre, como lo subraya Rojas al final de su tesis, la condenación inapelable del llamado derecho de conquista. Lo aprendimos así, desde la época de la dominación española, de los españoles más ilustres y que mayor bien nos hicieron, de los misioneros y de los teólogos-juristas de las grandes universidades de la península. Algo deben haber sabido de este ideario ancestral los consejeros del generalísimo Morelos, cuando nuestra primera carta política, en la Constitución de Apatzingán, está escrito que “el título de conquista no puede legitimar los actos de la fuerza”.  (Art. 9°)

   De esta ilustre y sólida doctrina, revitalizada y actualizada por Rojas Garcidueñas, debe nutrirse la juventud de hoy para afrontar con buen ánimo a los conquistadores del presente: en Afganistán la Unión Soviética, en Granada los Estados Unidos, y aquí lo dejaremos por lo pronto.

   Hoy por hoy no podemos oponerle sino las armas del espíritu, pero de ellas está llena la aljaba (quiero decir las páginas) de Francisco de Victoria y José Rojas Garcidueñas.

   En ellos, en su mensaje, está nuestra esperanza, la de entonces y la de ahora.

Antonio Gómez Robledo.

  Te recuerdo que tenemos algunos ejemplares a la venta del libro de José Rojas Garcidueñas que yo comento Salamanca, recuerdos de mi tierra guanajuatense. Si estás interesado, deja tus datos en la sección de comentarios. O al correo: oficina.utt@hotmail.com

Fuente:

1.- Rojas Garcideueñas, José. Vitoria y el problema de la conquista en derecho internacional. Prólogo de Antonio Gómez Robledo. Centro de Investigaciones Humaniísticas. Universidad de Guanajuato. 1984. pp. 7-9

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