viernes, 14 de mayo de 2010

Un testimonio sobre la devoción al Señor del Hospital y sus exvotos

El templo del Señor del Hospital, el original. Nótese que aun ni se construís la cúpula, mucho menos la torre del reloj.


Por fortuna hubo hace algunas décadas personas que mantenían el depurado arte de escribir, de hacerlo bien y transmitir una idea. No eran escritores de profesión ni tratadistas de altos y complicados temas, simplemente eran personas que gustaban de escribir y lo hacían bien.


Seguimos en la búsqueda (la cual ya se volvió incansable) de testimonios acerca de la existencia de los exvotos que colgaban por cientos en las paredes del que ahora conocemos por templo Expiatorio y que un día, el Señor Cura en turno decidió bajar, tirar y desaparecerlos.


Esta era la Botica de Guadalupe de don Luciano Roa, se localizaba en la hoy esquina de Zaragoza con Juárez; precisamente donde está el acceso al estacionamiento subterráneo.


Alguien un día me comento que algunos de ellos habían sido fundidos para darle una capa más a una de las campanas, esto sucedió al rededor de los años cincuenta o sesenta, no me lo supo precisar, del pasado siglo XX. Solo que esa teoría se antoja poco creíble; otra persona me confirmó lo del revestimiento de la campana, pero me aseguró que se hizo con monedas de plata y cobre, alguna que otra alhaja también. Además me contó que ella misma donó algunas monedas de plata para tal fin. Esta versión es mucho más creíble. De la misma persona oí, por primera vez, acerca de la gran cantidad de exvotos que allí había.


Y es de estas personas que cultivaron el arte de escribir, y que por fortuna, hubo alguien que conservó el documento que hoy, por casualidades de la vida cayó en mis manos y que me dispongo a compartir contigo, esto con el afán de reforzar la verdadera Salmantinidad que de una u otra manera nos une. Aquí el escrito:


En esta interesante escena de los Carros Bíblicos, aun vemos a un buey que jala de uno de los carros, el que representa el Rescate de Moisés.


El Señor del Hospital


“Imagen ennegrecida de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz; muerto después de una agonía terriblemente dolorosa; cuerpo flácido, encorvado, cabeza abatida hundida sobre el pecho, resintiendo todo un mundo de pecados; labios entre abiertos en el abismo de una desolación de cuyo fondo parece brotar aun aquel grito desgarrador: Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!


Aquí prende toda resignación; aquí culmina el cumplimiento a la voluntad del Padre; aquí brota la esperanza de redención para la humanidad caída; aquí mana la misericordia infinita. Por todo esto, y con razón, Salamanca tiene a Cristo como centro y pulso de su vida religiosa.


Antes de sobrecargado y de mal gusto del templo actual, la imagen se veneraba en la pequeña y humilde iglesita fundada por el venerable Don Vasco de Quiroga. Su arquitectura sencilla, pobre, acorde con la vida humilde de Jesús sobre la tierra. Sus muros impregnados de fe por los votos pintados por manos movidas por el impulso de una gratitud por los favores recibidos. En ese pequeño santuario desfilaban las muchedumbres de peregrinos llegados de todos los rumbos en Semana Santa y en el jueves de la Ascensión cuando la ciudad perdía momentáneamente su tranquilidad. Ríos de creyentes ordenados en filas, caminando con lentitud con escapularios o imágenes sobre el pecho, entonando cánticos y alabanzas, inundando el ambiente de fervor, de esperanza, de fe de un pueblo que lleva al Señor el secreto de sus necesidades y los motivos de sus sufrimientos. Toda la población parece palpitar de sentimiento religioso.


Pasa la semana mayor y el jueves de la Ascensión y Salamanca vuelve a recuperar su tranquilidad”.


En el interior de la Botica de Guadalupe vemos al Dr. Don Antonio Roa (qepd), sentado detrás del mostrador.


Todo lo anterior fue escrito por Ramón Gracilita Partida, en un pequeño libro llamado Presencia de Recuerdos, homenaje a José Rojas Garcidueñas. Impreso en Istantesis. Guadalajara, 1982. Husmeando en la Biblioteca de mí siempre bien recordado Padrino, Doctor don Antonio Roa Sierra, fue que di con este precioso documento.


Curiosa escena captada en el que fuera el jardín de San Agustín, donde estaba el pozo artesiano. Los niños en el burro no se si fueron colocados para “decorar” o, efectivamente iban pasando por allí…



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